Adele es una chica tímida y talentosa que necesita dinero con urgencia y acepta un trabajo como asistente, aunque eso implique cruzar límites que nunca pensó tocar.
Victoria, dueña de una empresa exitosa, es fría, perfeccionista y temida por todos...
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Adele estaba frente a mí, no sé qué tiene esa mujer que convierte cualquier habitación en un campo minado para mi. Cada vez que respira, yo tropiezo.
Cris seguía emocionado con la idea de la playa y yo... bueno, yo intentaba actuar como un adulto funcional.
—Claro que podemos ir —le dije con un intento de sonrisa al pequeñín— Pero solo si tu mamá viene con nosotros.
Lo dije por responsabilidad, sí... Y también porque no pienso ver el mar sin verla a ella en él. Qué ironía, yo, Victoria Evans que tengo un jet privado y una cuenta bancaria igual de grande que la de rico Mcpato, nunca había necesitado, ni pensado en nadie para nada y aun así me siento como una idiota sin saber que decir o como hablar cada vez que ella me mira.
—Por cierto pequeñín, Seria mas cómodo que me llamaras por mi nombre ¿No te parece?— Cris me miro feliz y luego se volteó a ver a Adele.
—Mama ¿puedo?— pregunto el pequeñín a Adele.
Cuando Cris le pidió permiso para llamarme por mi nombre, Adele le regaló esa sonrisa suave y asintió hacia el pequeño, que emocionado dijo mi nombre correctamente por primera vez.
—Victoria— me dijo el pequeñín con una sonrisa tan bonita, esa sonrisa que hizo que mis hombros se relajaran por la ternura.
La mañana siguió avanzando y después de dejar a Cris jugando con mi nana en la sala, llamé a Adele para hablar.
"Hablar." Sí, claro. Como si yo pudiera simplemente hablar cuando ella está en el mismo cuarto que yo, con esa preciosa sonrisa que no sabe que tiene.
Adele entró al estudio tímidamente, como si siempre pidiera disculpas por algo (lo ha hecho varias veces en la oficina). No sé qué pecado habrá cometido para que ella piense que no merece ocupar espacio.
—Sé que no es fácil confiar en otras personas con Cris... —le dije.
Mientras hablaba, la observaba. No podía evitarlo, sus manos se movían nerviosas. La forma en que apretaba los labios era demasiado linda, ese mechón rebelde, cayéndole sobre la mejilla, como si quisiera que lo viera yo específicamente.
Antes de pensarlo, antes de preguntarme si era apropiado o si debería mantener mis manos en mis malditos bolsillos, me acerqué. El aire entre nosotras tenía ese "si doy un paso más me quemo" que ya es tan familiar cada vez que nos acercamos.
Le acomodé el mechón detrás de la oreja y la piel de Adele se torno roja pero aun así no se movió.
En ese momento me di cuenta —con una claridad que hizo que mi corazón temblara— que si me inclinaba un poco más, si dejaba que mis labios rozaran los suyos, ella no se apartaría.
Pero no lo hice. Soy una cobarde... o tal vez solo quiero hacerlo bien. No sé, no sé nada cuando se trata de ella.