Capitulo 1

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El reloj de la sala de espera parecía burlarse de ella, había pasado una hora y nada, solo veía entrar y salir candidatos con el gesto torcido de la derrota Adele estaba sentada en una silla incómoda, trataba de no morderse las uñas, el hambre le ...

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El reloj de la sala de espera parecía burlarse de ella, había pasado una hora y nada, solo veía entrar y salir candidatos con el gesto torcido de la derrota Adele estaba sentada en una silla incómoda, trataba de no morderse las uñas, el hambre le pinchaba el estómago —esa mañana había salido corriendo sin siquiera desayunar— pero más fuerte que el hambre era el nudo en su garganta.

Cuando por fin escuchó su nombre, respiró hondo, como si esa llamada fuera la última cuerda que la mantenía de pie, la asistente que vino a buscarla la recorrió de arriba abajo con una mirada afilada, como tijera de modista.

—¿Ese es tu atuendo? —soltó con desdén, apenas disimulando una sonrisa irónica.

Adele bajó los ojos hacia su blusa blanca y su falda modesta, era ropa de segunda mano, sí, pero estaba limpia, también era digna, el comentario le ardió en las mejillas, aunque prefirió callar, no iba a perder la oportunidad por la estupidez de alguien que confundía el precio de la tela con el valor de una persona.

La asistente, encaramada en sus tacones como si fueran un tronco, añadió.

—De todas formas, no creo que la contraten, no das buena imagen para la empresa.

Adele apretó los puños, contó hasta tres y siguió caminando.

Llegó a la puerta que le habían indicado y levantó la mano para empujarla pero no alcanzó, desde dentro, alguien abrió de golpe y la pesada madera le dio directo en la cara, una oleada de dolor la nubló y después todo se volvió oscuridad.

No supo si fue el portazo, el estómago vacío o los nervios acumulados... pero se desmayó ahí mismo, en la alfombra de la empresa que esperaba que la contratara.

Abrí los ojos con la sensación de haber dormido en una nube, algo mullido, suave, mucho mejor que el colchón desgastado de mi cuarto, por un instante pensé que había muerto y que el cielo, contra todo pronóstico, había decidido recibirme pero el dolor en mi nariz me devolvió a la realidad.

No, no estaba muerta, simplemente, alguien me había dado un portazo en la cara.

Tardé unos segundos en recobrar la conciencia, la sala de espera, la asistente con veneno en la lengua, mi nombre cuando me llamaron y después... ¡pum! Oscuridad absoluta. 

Me moví con cuidado, tanteando el sofá en el que estaba recostada, Dios, qué sofá, hundí los dedos en el cojín y casi solté un suspiro, era tan cómodo que una parte de mí pensó que si me rechazan en la entrevista, me quedo aquí escondida para siempre.

Me giré lentamente y vi dónde me encontraba. 

Una oficina pero no cualquiera, era un espacio que olía a poder. 

El suelo brillaba como si lo hubieran pulido con diamantes, las paredes estaban impolutas y un ventanal enorme dejaba entrar una luz dorada que casi cegaba, me quedé un rato mirando ese ventanal, preguntándome qué tan caro podía ser mandar limpiar esos cristales.

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