Adele es una chica tímida y talentosa que necesita dinero con urgencia y acepta un trabajo como asistente, aunque eso implique cruzar límites que nunca pensó tocar.
Victoria, dueña de una empresa exitosa, es fría, perfeccionista y temida por todos...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
Hoy ha sido un día agotador.
Por Dios, qué cansancio, nunca pensé que llegaría a este punto, mi vida se ve reducida a un círculo vicioso de trabajo a casa y de casa al trabajo.
Una rutina gris, sin pausas, sin respiración, si sigo así, voy a terminar en un psiquiátrico antes de tiempo.
El próximo año, sí o sí, me tomaré unas vacaciones, no importa quién intente detenerme.
Manejar mis horarios es un infierno, cada minuto de mi día está vendido a alguien, juntas, decisiones, firmas, problemas que otros no saben resolver y como si fuera poco, durante los últimos seis años he visto desfilar a asistentes que terminan renunciando por el exceso de trabajo.
Una tras otra, no las culpo... aunque eso no me hace la vida más fácil, pero esta vez seré más estricta, el contrato de Adele dejará muy claro que no se permiten renuncias antes de los cinco meses.
Necesito estabilidad, aunque sea temporal.
Salí del edificio dejando atrás las luces encendidas de las oficinas, al cruzar el vestíbulo, saludé al portero.
El señor Ian, lleva décadas trabajando para la empresa, casi tanto como yo tengo de vida y sin embargo, sé que ya es hora de que descanse.
Me acerqué a él y le tendí la mano.
—Señor Ian, le recomiendo que descanse, sé que para usted es difícil pero no quiero que se vea afectado por seguir forzando su cuerpo, no cree que ya es hora de que disfrute de un retiro después de tantos años de trabajo.
Él me sonrió, esa sonrisa honesta que solo tienen los hombres que han pasado su vida cumpliendo sin quejarse.
—No se preocupe, señorita Evans, sé que usted es una buena mujer y que lo dice por mi bien y espero que usted también tenga la oportunidad de descansar ya que últimamente se la ve muy cansada... y si me permite decirlo, hace meses que no la veo salir a almorzar a sus horas, señorita, debería cuidar de su salud.
Me quedé un segundo en silencio, su observación era correcta, demasiado de hecho, le devolví la sonrisa, como si lo que dijo no me tocara en lo más profundo.
—Tiene razón, señor Ian, no debe preocuparse porque el año que viene me tomaré vacaciones.
Su expresión cambió a sorpresa, casi a alarma.
—¿Señorita? ¡Pero estamos en pleno febrero!
No pude evitar reír por su cara.
—Lo sé —le respondí, bajando un poco la voz— pero hay cosas muy importantes que debo resolver antes.
Él terminó de cerrar su puesto en la portería, preparándose para iniciar una de sus rondas nocturnas, yo lo observé por un instante, sintiendo esa mezcla extraña de respeto y melancolía.