Aquella noche.

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Déjame contarte una experiencia irreal. Una experiencia que al recordarla recupero un poco las ganas de vivir.

En esa ocasión me encontraba en el arduo camino de vuelta a casa, luego de un largo día de estudio. Atravesando con relativa calma las estrechas calles sobre inacabables desfiladeros. Los pasajeros que viajan conmigo en el transporte se ven cansados, artos, pero con una pizca de esperanza en sus rostros. Sin darme cuenta aquellos trabajadores cansados se difuminan en colores que no puedo recordar, pues para ese momento el sueño me tienta con seductores susurros.

Y ahí, en la delgada línea que separa el sueño y la vigilia, lo veo a través de la ventana, ante mis ojos se muestra el universo, un océano de estrellas terrestres, un viaje sideral que dura un instante, pero se extiende por la eternidad. Lo recuerdo como si hubiera sido ayer, ese sentimiento de fugaz inmortalidad, de conceptos que se contraponen al admirar el hermoso mañana revelándose por la ventana, el universo ante mi implosiona en un solo parpadeo. Entonces vuelvo al pecero, los compañeros en el me miran extrañados, al parecer cedí al sueño. Vuelvo a mirar por aquel marco de sueños en busca de cualquier atisbo de esa maravillosa fantasía, sin embargo, a pesar de no encontrarla, no me decepciono. Del otro lado del cristal se encuentran las luces de una ciudad vibrante y llena de vida, las luces de la Ciudad de México.

El depresorioDonde viven las historias. Descúbrelo ahora