Mi nombre es Lía Jones, soy estudiante en el colegio de magia y hechicería de Hogwarts, soy de familia mágica de sangre pura, toda mi vida he estado y conozco de la magia, no podría decir que soy excelente, pero soy buena. Nunca he tenido muchos ami...
Finalmente llegamos al lago. Sus miradas reflejaban preocupación, no solo por mi misteriosa actitud, sino también por la extraña tensión que Ron había dejado atrás.
—Chicos… —dije en voz baja, con las manos temblorosas y el corazón golpeando fuertemente en mi pecho.
—¿Qué sucede, Lía? —preguntó Evan, acercándose con cautela y preocupación.
Respiré hondo y les pedí que se sentaran en el césped, cerca del árbol. El clima estaba frío y el cielo más gris que nunca; ellos obedecieron, pero no dejaban de mirarse entre ellos, claramente inquietos.
—Ron… y yo… terminamos… —logré decir finalmente, conteniendo las lágrimas con esfuerzo.
—¿Cómo dices? —preguntaron al unísono, con sorpresa evidente.
—¿P-Pero cómo? —dijo Evan, los ojos abiertos como platos—. ¡Si ayer estaban bien!
—Ron me odia… —susurré, con un nudo en la garganta que me impedía hablar con claridad.
—¿Qué? —exclamó Mía, confundida—. ¿De nuevo te está ignorando sin explicación?
Negué con la cabeza, intentando controlar mi llanto. Respiré profundo; ya no podía huir, debía aceptar la reacción de mis amigos.
—Les voy a contar… pero deben prometerme que van a escuchar hasta el final… —dije, con la voz temblorosa y el corazón acelerado.
Se miraron entre sí, extrañados y preocupados, pero finalmente asintieron. Tomé aire y continué:
—…Ron… me odia… y no puedo culparlo… —empecé, sintiendo que cada palabra me dolía mientras veía sus expresiones confundidas.
—Ayer… Ron… —titubeé, tragando saliva — me vio con… Dra-Draco… en el pasillo… —confesé, sintiendo que el corazón me latía con fuerza, y que mi voz apenas se sostenía.
Subí la mirada unos segundos para medir su reacción. Sus ojos estaban abiertos, perplejos; querían preguntar, pero recordaban su promesa de silencio, así que se mantuvieron callados.
—…Y-Yo… yo… soy amiga de Draco en secreto desde 4º —dije por fin, con la voz entrecortada y los ojos vidriosos. Todo estaba empañado por las lágrimas, pero aún así logré mirarlos de nuevo.
Sus expresiones cambiaron: ya no había solo preocupación, sino una gran sorpresa. Las cejas levantadas y las bocas ligeramente abiertas lo decían todo. Respiré hondo y seguí, intentando mantener la voz firme:
—Hace dos años… hice una especie de trato con Draco… que nos encontraríamos aquí, en este árbol, una vez a la semana… —mi voz temblaba y no podía mantener la mirada más de dos segundos—… Entonces… nos veíamos… y… nos fuimos haciendo amigos…
Volví a mirar a mis amigos. Sus rostros ahora mostraban seriedad y sombra. Mathieu estaba más pálido de lo normal, mientras que Mía me observaba fijamente, extremadamente seria.
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