Parte 3. Una cosita

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— ¡Ya sé de qué la conozco!

Esther despertó sobresaltada. Desde el día anterior había intentado recordar de qué conocía a la cuidadora y no hubo forma de conseguirlo. Su mente a veces le jugaba malas pasadas, se bloqueaba como un aparato con los engranajes en mal estado.  Pero... ¡ya lo sabía! No tenía duda alguna. Esa mañana lo había visto claro como el agua.

Tras una ducha rápida y casi sin acabar de vestirse, salió en su silla a la velocidad del rayo, o eso pensaba ella, por los pasillos de la residencia. El tiempo se dilataba mucho en esas situaciones.

Llegó a la Biblioteca donde su amigo Martin ofrecía su amor por la literatura y su sabiduría por las mañanas hasta la hora de comer. Martin había sido bibliotecario de profesión casi toda su vida, excepto por los 5 años dedicados al ejército, que culminaron con un tiro en el glúteo tras unas prácticas poco afortunadas. Por ello decidió que su papel en el ejército había concluido, dejando en él una sensación de pérdida de tiempo e imposibilidad para sentarse correctamente, durante el resto de su vida. La bala se había alojado en profundidad y hubo que operar para extirparla. Nada digno de mención ni de condecoración.

—¡Hola Martin! ¡Soy Esther! Llamó, pero no hubo respuesta.

—¡Martin! ¿Dónde diablos te has metido? El tono era ya más elevado.

Martin y Esther eran muy amigos. Se conocían mucho antes de que entraran en la Residencia y una vez dentro su amistad se afianzó por circunstancias lógicas relativas a la edad y porque básicamente no se podían mantener conversaciones con más de la mitad de los residentes. Ellos los llamaban "reclusos", aunque estaba claro que ninguno estaba allí por orden judicial, simplemente que para salir de aquel lugar sí que lo tenían más crudo.

—¡Martin! ¡Me estas asustando!

Martin salió de una de las salas de lectura con cara de preocupación.

— ¿De verdad tienes que gritar tanto, Esther? Estaba recogiendo los libros que quedaron pendientes. —Debo tenerlo todo muy ordenado, si no, no encuentro nada.

—¡Ya sé de qué la conozco! - Gritó Esther

—¿De qué conoces a quién? ¿De qué me hablas?

Esther puso su mirada más enigmática y con aire de misterio desveló muy lentamente la mejor noticia que tenía hasta el momento.

— ¿Te acuerdas de la cuidadora que recogió ayer a Félix y Pedro del jardín? Pues tengo que desvelarte algo que ni yo misma puedo creer.

Martin se había detenido delante de Esther, mirándola con sus gafas de pasta que desvelaban una deficiente visión y escuchándola a través del audífono con máximo interés.

— Se llamaba Candy, lo sé porque iba al colegio conmigo, pero no desde el principio, sólo estuvo los dos últimos años de la escuela primaria. Había venido con su madre desde Estella, Navarra.  Me acuerdo porque no nos llevábamos muy bien y siempre pensaba que ojalá se estrellara, pero eso, desgraciadamente, no ocurrió.  Lo que sí ocurrió es un pequeño accidente en el colegio, se partió la ceja mientras corría en el recreo, se tropezó con algo que estaba por el suelo, no recuerdo qué era, y acabó con su cara arrastrada por el suelo.  Salió mucha sangre y tuvieron que coserle la ceja. ¡Y todavía se le notan los puntos!. Lo vi ayer perfectamente.

   -Lo más sorprendente es lo que te voy a contar a continuación-

   -Murió en 1963 de unas fiebres muy fuertes. En esas fechas, tendría unos 20 años.

Martin la miró incrédulo. — Te habrás confundido mujer, hay personas que con los años cambian, otras se parecen bastante, incluso podría ser su hermana.

—¡No me he confundido y te lo voy a demostrar! — Respondió Esther ofendida— Tienes que venir conmigo para inspeccionar su taquilla. Así desvelaremos su identidad.

— ¿Y por qué no se lo preguntas, simplemente? Le cortó Martin que se dirigía hacia una pila de libros para ordenarlos.

— No me crees. — Suspiró. No puedo preguntárselo porque cuando íbamos al colegio, me pegaba. Temo que si hablo con ella y desvelo su identidad tome represalias. Le cogí mucho miedo en aquella época. — Esther jugueteaba con un libro que había cogido pasando las hojas sin control. Señal que estaba alterada. Martin ya la había visto así una vez cuando la acusaron de robar unas joyas de otra "reclusa". Por supuesto no fue ella. Luego se desveló que la propia dueña de tales joyas las había vendido por internet. En la residencia había mucho tiempo para pensar y para navegar por internet.

— Yo se lo preguntaré — Afirmó Martin con decisión.

— Una cosita —dijo Esther— No le digas quién soy yo. Tengo un presentimiento muy extraño y necesito tiempo para aclarar este asunto.

— Tranquila. Soy una tumba. —Sonrió—

- No lo eres, pero estás muy cerca. -Gorjeó Esther

Los dos se echaron a reír, ese tipo de chistes era frecuente entre ellos y la emoción de esa pequeña investigación les había alegrado la mañana.

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