2. Juegos

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"Te quiero"

Solo dos palabras pero con un gran significado. Todavía flotaban en el aire, todavía resonaban en sus oídos.

Le alzó la cara suavemente apoyando un dedo en su barbilla. Vio que tenía los ojos fuertemente cerrados.

"¿Estaba soñando?"—pensó amargamente—"¿No lo ha dicho en serio?"

Conteniendo un sollozo se apartó de su lado y se incorporó lentamente. Pasó por encima de él sin despertarle y salió de la cama. Se dio la vuelta para ver como se volvía en busca de ese cálido cuerpo que le había dejado sólo en una cama fría.

"Lo siento, no puedo hacerlo"—pensó corriendo la cortina para no verle.

No podía volver a su lado, sentirlo entre sus brazos sabiendo que no lo había dicho en serio. Su corazón no podía soportar más dolor.




Bajó al piso inferior mientras se frotaba los ojos. No quería dejar salir esas lágrimas que pedían permiso para rodar por sus mejillas.

"Solo está en mi cabeza, es un amor prohibido del que jamás se dará cuenta"—se dijo con firmeza.

Se preparó un té y se sentó a tomarlo lentamente mientras veía como la lluvia resbalaba por la ventana. En esos momentos no caía tanto, quizás porque se habían separado, porque se había dado cuenta de que no podía ser.

Una mano sobre su hombro le hizo sobresaltarse y tirar la taza de té.

—Lo siento—se disculpó Gustav sonriendo.

—No ha sido nada—murmuró Tom sujetándose la camiseta.

Se había derramado el té por encima y le estaba quemando la piel. Era como si fuera el fuego del infierno castigándole por haber abrazado a su propio hermano con demasiada intimidad, por haberle besado en la mejilla aunque hubieran sido por unos pocos segundos.

—Siento haberte asustado—siguió diciendo Gustav dándole un paño para que se secase.

Tom lo cogió y se limpió como pudo.

—Estaba distraído y con este tiempo todo te asusta—murmuró esbozando con esfuerzo una sonrisa.

"Como dos palabras susurradas en mitad del frío silencio"

—Ya sabía que Bill no era el único—soltó de repente Gustav para su asombro.

— ¿El único?—repitió Tom tragando con esfuerzo.

—En tener miedo a la tormenta—aclaró riendo Gustav—Georg y yo nos dimos cuenta de cómo temblaba, de cómo cerraba los ojos cada vez un relámpago iluminaba el cielo. Pero no dijimos nada para no hacerle sentir peor.

—Gracias—murmuró Tom carraspeando—Siempre le digo que tiene que superar sus miedos, pero me dice que pueden más que él.

"¿Cuándo superaré yo los míos y le diré lo mucho que le quiero?"

—Ahora duerme plácidamente, le he visto en tu cama—apuntó Gustav.

—Eso lo hacemos desde que éramos niños, me pide permiso para dormir conmigo pero sólo cuando llueve—se justificó con firmeza Tom.

Gustav asintió con la cabeza sonriendo sin decir nada y fue a la cocina a prepararse él también un té.

— ¿Te apetece otro?—le preguntó a Tom.

Dime que me quieresDonde viven las historias. Descúbrelo ahora