El hombre del muelle

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En las entrañas de una ciudad adormecida, donde el viento susurra secretos a las esquinas vacías, se alza el lamento de un violín. No es música, es un suspiro herido que se arrastra entre los adoquines.

Un hombre se sienta al borde del muelle. Sus ojos, dos faros apagados, contemplan el mar: un espejo roto que guarda la memoria del cielo. El firmamento, cubierto de nubes grises como ceniza, no llora, pero pesa.

Sus ropas, trapos dormidos en el lodo del mundo, exhalan un aroma agrio, mezcla de estiércol y abandono. Sobre su cabeza, no hay calma: una tempestad invisible gira como un ciclón de pensamientos desbocados, chocando entre sí, queriendo ganar el timón de su alma.

—¿Por qué? —grita una figura lejana, una dama de dedos acusadores, vestida de bruma y distancia.

Entonces, el hombre se despoja de su vestimenta. Cada prenda cae como hoja muerta en otoño. Camina hacia el mar con la serenidad de quien acepta el juicio del agua. Uno a uno, sus pasos desaparecen en la espuma. Y al final, hasta el último cabello se disuelve bajo el manto salado.

...Silencio...

El tiempo contiene la respiración.

Y entonces, como si el sol hubiera estado esperando aquel sacrificio, rompe el cielo con dedos de oro. La ciudad, aún con los ojos húmedos, recibe su calor.

Desde el vientre del océano, el hombre regresa. Las olas, sus antiguas cómplices, arrastran sus harapos. Él camina erguido, desnudo pero limpio, su piel perfumada con el aroma de rosas que nunca antes florecieron en su cuerpo. El agua, aún salada, ya no le muerde la piel... lo abraza.

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⏰ Última actualización: Sep 25, 2025 ⏰

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