Capítulo VII

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Capítulo VII:

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INNOCENCE

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Inocente.

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Hay secretos que es mejor callar.

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Aquel día había confabulado en mi contra, el cielo poseía un hermoso color celeste, ni una nube ocupaba mi vista y el sol brillaba con toda su intensidad sobre nuestras cabezas, el pasto verde relucía bajo mis botas de tacón color negras. El aroma a tierra húmeda inundó mis fosas nasales y el ataúd se grabo a fuego en mi mente.

Mi madre había muerto.

Hacía seis meses me había enterado que tenía SIDA y con esa noticia también cual era su trabajo. Sonreí evitando llorar pero las lágrimas traicioneras rodaron por mis mejillas, tenía veintiún años y el único apoyo que había tenido en los últimos cinco años de vida había muerto. Deje caer la rosa roja sobre el ataúd y comenzaron a enterrarla. No había nadie allí conmigo, no quise invitar a nadie del pueblo, no, no después de todo lo que habían dicho de ella, no quise hacer una misa, no después de lo que el cura pensaba de nosotras pero si quise que Sasuke viniera, pero no él jamás apareció.

―Mami ¿Estás bien?―

Limpie mis lágrimas con cuidado y me agache hasta quedar a su altura, sonreí y observé sus hermosos ojitos negros. Se parecía tanto a su padre.

―Si, Itachi. Estoy bien―

Él me abrazó con fuerza con sus pequeños bracitos y yo lo tomé entre los míos. Era madre soltera, mi madre había muerto de y el padre de mi hijo era un bastardo pero al menos lo tenía a él.

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Desperté angustiada y bañada en transpiración, unas gotas de sudor bajaron lentamente desde mi frente a mis mejillas, el sol entró por mi ventana iluminando mi habitación y el despertador anunció que eran las ocho de la mañana. Me levanté sin hacer ruido evitando despertar a la persona que hacia ya dos años compartía la cama conmigo.  Baje las escaleras despacio y me interne en la cocina para preparar el desayuno.

Otra vez había soñado con la muerte de mi madre, ya habían pasado dos años, actualmente tenía veintitrés años y un hermoso hijo de casi siete, los mismos años que hacía que no lo veía a él.

Un escalofrío recorrió mi cuerpo, esa mañana hacía mucho frío y un extraño sentimiento inundaba mi pecho. El mismo sentimiento que la noche en la que él me abandono.

―Buen día, muñequita

Sonreí al oír su voz, él apoyó ambas manos en la mesada, una a cada lado de mi cuerpo y su torso se apretujo a mi espalda. Su perfume inundó mis pulmones.

―Buenos días ― Susurre y me voltee para poder besarlo ―Sasori―

―¡Mami!―

El grito de Itachi nos obligó a separarnos y el pequeño pelinegro ingreso corriendo a la cocina.

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