33. Read your mine

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No puedo leer tu mente, dices que necesitas estar solo, pero noche y día me quieres a tu disposición...

— Bueno, ahora que seremos roomies. — murmuro a medida que saco mi ropa de la maleta para ordenarla en el clóset. — Yo pagaré las compras del supermercado.

— No es necesario. — responde Charles divertido a medida que me mira acostado desde mi nueva cama. — Sabes que no necesito de tu dinero.

— Debo ayudar en algo. — contesto cruzándome de brazos para mirarlo. — ¿Sabes que? Mejor me iré a un hotel.

— No, no, no. — niega con su cabeza para detenerme cuando intento devolver las cosas a mi maleta. — Comida y las cosas para el perro.

— Charles, no tenemos perros.

— Aún.

— ¿Y Perceval?

— Cariño. — susurra Charles con todo el amor y compresión del mundo, como si fuese a decirme algo que no me va a gustar. — Perceval te abandonó, te olvidó y seguramente no sabe quién eres.

Que suave.

— ¿Qué?

— Perceval te cambio por mi mamá, cariño. — comenta como si fuese algo claro. — Y mi mamá te cambio por Perceval.

— Ya entendí, todos me cambian. — respondo en voz baja fingiendo tristeza solo para torturarlo. — No soy importante para nadie.

— No digas eso, yo no te cambio. — se aproxima hacia mí para abrazarme cuando tapo mi cara con mis manos y finjo que lloro. — Eres importante para mí.

— ¿Tan importante como para comprarme mucho helado de chocolate y maquillaje?

— ¿Qué? — pregunta confundido.

— Es que nadie me quiere. — gritó fingiendo llorar más fuerte.

— Bella, no digas eso. — Charles acaricia mi espalda suavemente en un intento de reconfortarme. — Yo te amo.

Rio fuertemente al no poder seguir aguantando fingir, logrando que se separe de mí sin entender nada hasta que se cruza de brazos cuando entiende.

— Estabas jugando para tener helado y maquillaje.

— Ay Charlesito. — respondo tomando aire a medido que limpio mis lágrimas por la risa. — Eres tan bueno que me da ternura.

— Si claro...

— Como sea, te escribiré por mensaje las marcas de maquillaje que quiero. — guiño mi ojo divertida para volver a mi tarea de desempacar. — ¿Pronto te irás de viaje?

— A trabajar. — rectifica para husmear en mi maleta y levantar con un dedo mi ropa interior. — Bonita.

— Atrás satanas.

Chilló para golpear su mano provocando que la suelte mientras suelta una carcajada.

— Supongo que me irás a ver este fin de semana.

— Ha sido una semana intensa, no quiero caos. — murmuro de manera simple, teniendo que levantar mi vista ante su silencio. — ¿Qué?

— Pero te necesito ahí.

— ¿Desde cuándo me necesitas para correr?

— Desde siempre.

— Ya se vio raro cuando estuve apoyándote cuando ganaste Mónaco. — respondo con una sonrisa orgullosa por poder presenciar ese momento y por lo talentoso que es. — Y no quiero decir que me arrepiento porque verte ganar fue lo mejor que me pudo pasar pero el caos que se desató.

Say Don't Go | CLHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora