[2] Debes de conocer tu lugar, perro

38 6 0
                                        

Vampiro feo...

No puedo olvidar que esas dos palabras eran repetidas cada día, infinidad de veces, cuando Allistair entraba en la biblioteca para atormentarme y hacer que mi "trabajo" fuera lo más difícil posible. Desordenaba los libros, llenaba las mesas de madera pulida con barro al subir sus pies, tiraba libros al suelo que no podía entenderlos, o dañaba las hojas porque no le gustaba lo que leía.

Un imbécil.

Un perro no que no conocía su lugar.

Allistair también era un playboy que intentaba cortejar a todas las mujeres que él deseaba tener, aunque fuera por una noche hasta darles un frío trato silencioso. Poder, riqueza, comida y alcohol de la mejor calidad, además de mujeres. Un idiota que no sabía nada de arte, era mediocre en política, carecía de conocimientos administrativos y se burlaba airadamente de la religión al considerarla una estupidez propia de gente débil que no tenía, según sus palabras, el valor de tomarlo por sí mismo.

En la zona del territorio de su familia, las leyes eran estrictas y si no tenías un buen respaldo te mataban en la plaza como si fuera un espectáculo. Algunas normativas eran una variante del principado de Vanesha, pero su crueldad era peor. Por ejemplo, una de las normas estipulaban que los hombres y mujeres no podían casarse con el mismo género, pero estaba bien visto que la alta aristocracia y la corona tuviera amantes. La única condición era no ser tan descarado en los eventos sociales.

Por desgracia, Allistair no era precisamente un hombre al que le importara su imagen. A veces se marchaba a una fiesta con dos amantes masculinos y dos femeninas, vestidos de manera ridícula para lucirlos entre personas de alto estatus sólo para vanagloriarse de su poder, riqueza y belleza.

Un imbécil con todas sus letras.

—Escúchame, mestizo feo con ojos de monstruo —interrumpe mis pensamientos, ya que se está acercando a la silla—. Tú no pareces saber quién soy yo, y lo importante que es mi padre, pero cuando yo quiero algo o necesito que alguien lo haga por mí... lo consigo.

Allistair tiene el cabello gris oscuro, los ojos de un suave tono metalizado y una piel ligeramente morena aunque su territorio fuera un poco frío. Aunque esté vistiendo ropa de verano, sigue siendo un niño delgado que sólo tiene una cara bonita... y una personalidad de mierda.

—No me importa —respondo airadamente—. No quiero jugar contigo, perro feo con cara de mono —giro la cara, dándole un buen trato de frialdad para que no se le suban esos innecesarios humos.

—¡Cómo te atreves a llamarme perro, bastardo horrible!

Escucho un "plaf", lo que me hace voltear la cabeza y ver que Sasha se ha puesto delante para recibir una bofetada. Siento que la sangre asciende por mi pequeño cuerpo y hace que mi rostro se tiña de de un rojo parecido al hierro de una fragua.

—Tonta sirvienta —resopla él, pasándose la mano por el pantalón como si haberla tocado se la hubiera ensuciado—. Ahora mi mano apestará a pobreza...

Este imbécil no parece ser consciente de que está cavando su propia tumba, aunque sea un niño. Allistair está DENTRO del territorio de los Vivaldi, y por lo tanto hay normas que han de seguirse. Se me ha dirigido como si yo fuera algo parecido a un criado, ha intentado golpearme, ha tocado a una trabajadora del abuelo que está a mi cargo y encima se cree que porque es mayor que yo puede decirme lo que puedo o no hacer.

Hay gente observando el encuentro, cuchicheando entre ellos como viejas en una aldea, y tengo la suerte de que el abuelo no intervenga, porque entonces no tendré la oportunidad de enseñarle a ese perro a saber cuál es su lugar.

Cuatro de corazones  [COMPLETADO en INKITT]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora