[39] Sálvate como puedas

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Lo prometido es deuda.

A primera hora de la mañana, tengo a los diez hombres en mi sótano, todos atados o encadenados. También drogados para que no puedan activar su aura y meterme en problemas. Kalos está furioso desde que le conté lo que escuché anoche.

—Puedes golpearlo todo lo que desees, Kalos, pero no debes de matarlo —le recuerdo, justo en el momento en el que el primer puñetazo que le da al guardia le salta un diente que cae al suelo—. Asegúrate que descargas tu enfado sin pasarte. No quiero enterrarlos, sino advertirles que quien pise mi territorio sin permiso pagará un precio muy alto.

—Kalos defenderá honor de amo —gruñe, dándole esta vez una bofetada tan fuerte que su mano se le marca.

Esa mañana es un tanto aburrida, siendo honesto. Aunque Max es quien resiste mucho mejor, sus compañeros caen demasiado rápido después de una hora de golpes de vara y obligándoles a responder preguntas. La mayoría de la información no me sirve, o no es realmente importante.

Cuatro de los cinco sureños los termino encerrando en la celda, la cual no van a romper porque no tienen la fuerza necesaria para reventar el material, pero Max sí puede, así que lo drogaré un par de veces y lo torturaré antes de irme a la montañas a hacer mi trabajo. En cuanto a los que trabajaron conmigo, la verdad es que su culpa es menor pero no voy ser tan clemente: a los tres soldados que estaban borrachos les impongo rellenar todas las zonas de leña, dar treinta vueltas a la hora de comer, treinta vueltas a la hora de merendar y cincuenta a la hora de cenar; y finalmente, pero no menos importante, se les reducirá su salario un setenta porciento hasta agosto.

Ninguno se ha quejado, aunque sé que están molestos por ser tan crudo con mi sentencia.

A Grec me lo llevo a una sala aparte, donde le dedico una hora con su amigo el cilindro de piedra pulida, mientras le escucho suplicarme que lo lamenta y no volverá a hacerlo. No, por su bien espero que no. Aun así no me detengo, porque mientras mi mano mueve el objeto en su trasero, yo le recuerdo que ha sido un perro muy malo y no obtendrá premios hasta agosto. Su cara, cuando se lo digo, dice muchas cosas pero lo que más expresa es dolor.

—Qué decepcionado estoy contigo, Grec, y eso que lo estabas haciendo tan bien —le murmuro, sujetando el palo que tiene atado a la boca—. ¿Así es como me agradeces mis atenciones, perro malo, metiendo a tus amiguitos sin mi permiso en mi propia casa?

Grec intenta hablar pero no puede. El palo dificulta el habla, y el cilindro de piedra le duele aunque lo haya embadurnado para no desgarrarle el culo.

Después de esa hora, dejo a Grec en su lugar, con el rostro lleno de lágrimas, los ojos en blanco el sueño manchado de esperma y un poco de sangre.

Calex lo llevo a otra sala. Parece un perro que está entrando en pánico, ya que literalmente está temblando y ni siquiera me mira.

Su castigo será menor, ya que no conoce a estos chicos y sólo debe de pagar por permitir que el alcohol ilegal haya ingresado aquí. Su obligación es contármelo para que yo actúe, no aceptarlo de buena gana.

—Lo siento... —lamenta.

—Yo también lo siento, Calex, pero sabes que esto tiene que hacerse —le respondo, exponiéndole el trasero y darle un golpe firme con la vara, lo que le hace ahogar un grito entre dientes—. Tu castigo será menor que el de Grec, así que sólo tendrás que soportar el dolor y te dejaré marchar.

Calex es un buen chico, o más bien se ha vuelto así desde que lo castigué la primera vez. Nunca me ha dado problemas, hasta ahora, así que seré un poco laxo.

El castigo dura sólo veinte minutos, sano las heridas del trasero con la crema, y luego lo beso en la frente, murmurándole:

—Ahora sé un buen chico y vete a descansar el resto del día. Si vuelve a decepcionarme, habrá otro tipo de castigo.

Cuatro de corazones  [COMPLETADO en INKITT]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora