2. Cambiaste Jimin

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La noche se cernía sobre la casa, envolviendo cada rincón en una oscuridad opresiva

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La noche se cernía sobre la casa, envolviendo cada rincón en una oscuridad opresiva. Jimin lo sentía en los huesos; el frío parecía intensificarse con cada minuto que pasaba. Las habitaciones vacías lo rodeaban como un eco burlón, quemando su interior con una angustia insoportable.

Sentado al borde de la cama, respiraba entrecortadamente, con la mirada fija en el celular que sostenía entre manos temblorosas. Sus dedos se movían casi por reflejo hacia su boca, mordisqueando las uñas gastadas hasta la carne. Observó de nuevo el último mensaje que había enviado hacía exactamente siete minutos y cuarenta y dos segundos; lo sabía con precisión, porque cada instante había contado, cada tic del reloj amplificando su desesperación.

"¿Dónde estás? Por favor, responde. Te necesito."

La palabra "entregado" brillaba en la pantalla como una burla silenciosa. Miles de imágenes invadían su mente en un torbellino implacable. Una escena en particular se repetía con una claridad dolorosa: su esposo, en la oficina, con su secretaria, sus cuerpos entrelazados en un abrazo que Jimin había imaginado mil veces y ninguna le había sido dulce.

Sacudió la cabeza violentamente, intentando desterrar la visión, pero el corazón le latía desbocado, y el aire parecía escasear en la habitación. Un impulso repentino lo invadió: quería tomar las llaves del auto y conducir hasta la oficina. Pero no podía. Nunca había aprendido a manejar.

"Mi esposo me llevará a todas partes", se había dicho años atrás, rechazando las clases. Ahora esa decisión lo hacía sentirse atrapado, inútil, completamente a merced de un hombre que parecía alejarse cada vez más.

La ansiedad lo empujó a marcar otra vez. Los dedos temblorosos repasaron cada número en voz baja, una y otra vez, asegurándose de no equivocarse. Presionó "llamar" y el tono de espera resonó como un tambor en su cabeza, cada segundo una eternidad.

—Por favor... contesta... por favor, por favor, por favor —susurraba, con los nudillos blancos de tanto apretar el teléfono.

Pero otra vez, solo encontró la fría voz del contestador automático.

El celular cayó sobre la cama. Jimin cerró los ojos, las lágrimas amenazando con desbordarse. Se levantó de un salto y comenzó a caminar en círculos, contando sus pasos en voz baja: uno, dos, tres... hasta diez, y luego volvía a empezar. El ritual le ofrecía un mínimo consuelo, una ilusión de control en medio del caos de sus emociones.

Su mente no cesaba de girar. ¿Y si le había pasado algo? ¿Si estaba herido? ¿O tal vez ya no lo quería? ¿Qué haría sin él? La idea de perder al centro de su universo lo paralizaba de terror.

Regresó a la cama, tomó el celular y comenzó a revisar frenéticamente las redes sociales de Jungkook. Cada foto, cada publicación, cada interacción era analizada con precisión obsesiva, buscando algún indicio de desinterés o, peor aún, de otra persona.

TERAPIA DE CHOQUEHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora