| Mes Uno| XIX

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El primer mes Mónica la llevó a un prostíbulo. Suena mal, pero fue incluso peor.

La pintura de María Corina estaba lista, así que Mónica necesitaba una nueva modelo en el cual enfocarse. Le pidió a la escritora que la acompañara a buscarla, a lo que ella aceptó sin hacer ningún tipo de pregunta.

Fue así como terminó en aquel sucio auto sin conocer su destino.

Maria Corina llevaba su típico atuendo de chica de oficina: blusa de seda, chaqueta y pantalones ajustados, zapatos de tacón fino  y una coleta que la estilizaba. Mónica, en cambio, usaba un hermoso vestido negro que la escritora habría amado ver en ella toda la vida.

Por amor a sus pies iba descalza.

-. Quiero creer que no estás intentando raptarme para huir conmigo a algún lugar desconocido -, se burló la mayor.

Mónica se quedó pensativa unos minutos antes de responder.

-. No es una mala idea -, murmuró con una sonrisa. Sus ojos verdes se concentraban en el camino, uno que María Corina nunca había visto, y parecía conocer bien cada calle del mismo -... Pero no. Hoy no voy a raptarte.

-. ¿Entonces donde planeas llevarme?

-. Iremos al prostíbulo -, respondió con simpleza.

María Corina se echó a reír de inmediato. Pensaba que aquella era solo otra de las extrañas bromas de su rara novia.

Veinte minutos más tarde descubriría que Mónica no le había mentido.

María Corina observó a su novia encender un cigarrillo antes de entrar al lugar. También la sintió aferrarse firmemente a su cintura.

Tosió ante el olor.

Mónica fumaba cada vez menos, y por esta razón no lograba acostumbrarse al humo. Sí, se veía atractiva, pero prefería no tener aquella nube gris frente a la nariz.

-. No le hables a nadie. No mires a nadie. Mantente a mi lado. No aceptes bebidas o pasapalos. No hagas nada que no consideres seguro, e incluso evita aquello que inspire confianza -, le advirtió con firmeza. En sus ojos había preocupación -... Tampoco mires sus pechos. Te lo prohíbo. Si
quieres mirar pechos recuerda que tienes una novia que estará profundamente encantada de que lo hagas ¿Entendido?

La escritora asintió lentamente. Sabía que era conveniente obedecerla.

Cuando entró al lugar, miles de eventos capturaron sus sentidos. Veía luces tenues y titilantes, cuerpos demasiado juntos, besos pasionales y escenas eróticas que se refugiaban entre las sombras. Olía la lujuria, el sexo, la pasión, el alcohol y el humo de los cigarrillos que amenazaba con asfixiarla. Escuchaba conversaciones, gritos, suplicas y gemidos que en su cabeza crearon espectáculos.

Aquello era demasiado para ella.

-. ¡Mónica!

La mujer que la llamaba tenía una voz chillona, casi infantil, pero el cuerpo de una mujer de unos treinta y cinco años. Estaba usando un vestido demasiado ajustado, zapatos increíblemente altos y un maquillaje exagerado. Era alta como Paulina, pero sin su encanto, y su rostro no mostraba más que una sonrisa falsa.

-. Buenas noches, Angie -, saludó con amabilidad, y la mujer casi pareció desear lanzarse a los brazos de la pintora al escuchar su nombre.

De inmediato los celos de María Corina florecieron. Esa mujer era Angie, la primera mujer que había robado gemidos de los labios de la pintora, la primera a la cual le había suplicado, la primera que había hecho temblar su cuerpo.

Shameless ©Donde viven las historias. Descúbrelo ahora