Prólogo

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El viento era una bestia imparable, rugiendo entre los picos de las Cordilleras Eternas como si el mundo entero estuviera a punto de quebrarse. Las sombras habían comenzado a moverse. No eran meros ecos del crepúsculo, sino algo más... algo vivo. Thalyon sabía que el final estaba cerca. Con la Esfera del Crepúsculo palpitando en sus manos, podía sentir la realidad misma desgarrándose a su alrededor.

Las estrellas en el cielo comenzaban a apagarse una por una.

"Este es el fin de Elarion," pensó el anciano mago. Pero su mano no tembló.

Bajo ese cielo, en lo profundo de las montañas de Aerithen, un grupo de magos se encontraba en la última línea de defensa de un mundo que había conocido la gloria y ahora veía su luz desvanecerse. La Guerra del Ocaso había devastado continentes y reinos por igual, enfrentando a las fuerzas de la luz contra las sombras invocadas por aquellos que alguna vez habían jurado proteger el equilibrio. Pero el poder había corrompido a los más ambiciosos, y Karthis Vaal, el mayor traidor, había invocado a las Sombras de los Reinos Oscuros para desatar el caos sobre Elarion.

La Esfera del Crepúsculo, ahora en manos de Thalyon, era la clave para ambos bandos. Contenía en su núcleo la capacidad de alterar la realidad, pero la oscuridad había contaminado su esencia. Thalyon y su orden habían luchado con cada fragmento de su poder para evitar que cayera en las manos de Vaal. Sin embargo, sabían que ya no podían ganar, solo retrasar lo inevitable.

"El Ocaso toma lo que es suyo," murmuró uno de los magos a su lado, mirando el horizonte donde el cielo se oscurecía.

Thalyon no respondió. Sabía que no había palabras suficientes para la desesperación que se sentía. La tierra misma parecía estar bajo el yugo de un poder tan antiguo que los árboles, las montañas y los ríos susurraban canciones de muerte. La Esfera brillaba intensamente, su energía crepitaba como una tormenta contenida en un pequeño orbe.

Con un último aliento, el anciano levantó sus manos y susurró las palabras que sellarían el destino de Elarion. Un hechizo antiguo, olvidado por casi todos, tejió una prisión dimensional en lo más profundo de las Cordilleras Eternas. El abismo se abrió, engullendo la Esfera en su oscuro centro, sellándola fuera del alcance de cualquier ser vivo.

Los magos, testigos de la última esperanza de Elarion, fueron consumidos por la energía liberada en el proceso. Sus cuerpos se desvanecieron como cenizas en el viento, y el abismo cerró sus puertas, desapareciendo de la vista, dejando solo silencio.

Karthis Vaal, observando desde la distancia, sintió cómo la Esfera del Crepúsculo se le escapaba de las manos. A pesar de su poder, no había podido reclamarla. Pero su determinación no vaciló. El tiempo estaba de su lado, y sabía que la oscuridad que había despertado no se contendría para siempre.

Los siglos pasaron, y con ellos, la memoria de la Guerra del Ocaso se desvaneció en mitos y leyendas. La Esfera fue olvidada por todos, excepto por aquellos que sentían en lo profundo de su ser el eco de su poder latente. Las tierras de Aerithen y Syltharion comenzaron a sanar, pero las sombras nunca desaparecen por completo.

En lo profundo de las ruinas de Zel-Thara, donde las sombras y la luz alguna vez se enfrentaron, yacía un poder que pocos comprendían. Eryon Faelym, siglos después, encontraría este lugar, y con él, la marca que lo conectaría a un destino que lo arrastraría hacia las mismas sombras que los magos habían intentado contener.

Las fronteras entre los mundos comenzaron a desgastarse. Los Reinos de Sombras, apenas un susurro en las antiguas historias, se volvían cada vez más accesibles, sus portales abriéndose con más frecuencia en los lugares más oscuros y olvidados del mundo. Y en Syltharion, donde las barreras entre dimensiones siempre habían sido más delgadas, el peligro de las sombras crecía día a día.

Elarion, el vasto mundo que había conocido la luz y la sombra, aguardaba un nuevo conflicto. Y aquellos que aún caminaban sobre su suelo no sabían que las antiguas guerras nunca terminan realmente; solo esperan el momento adecuado para resurgir.

El eco de la Esfera del Crepúsculo seguía vibrando, y aquellos que la escuchaban sabían que el Ocaso, aunque retrasado, estaba más cerca que nunca.

Sombras y EsferasDonde viven las historias. Descúbrelo ahora