Nicki:
La puerta de su casa. Ella trataba de abrirla mientras yo la devoraba con la mirada, de arriba abajo.
—Pase, señorita —dijo moviéndose a un lado, sacándome de mi trance.
Apenas cerró la puerta detrás suyo, me lancé sobre ella. Me alzó tomándome por las piernas; rodeé su cuello y empecé a besarla salvajemente.
Ya me sentía preparada. Ya la quería, la deseaba.
—Nicki… —se separó un poco y me miró fijamente a los ojos—. ¿Segura?
—Estoy con vos. Me siento muy segura —aseguré con ternura, y se le escapó una sonrisa.
—Vamos al cuarto —resolvió con rapidez.
Caminó como pudo hasta la habitación y, al llegar, me dejó sobre la cama, quedando ella encima mío.
Acariciaba su pelo mientras ella besaba cada rincón de mi cuerpo, haciéndome suspirar y quererlo todo ya.
Llegó al borde de mi vestido y no dudó en retirarlo, dejándome con la ropa interior que me había puesto pensando en esta situación:
un conjunto rojo que contrastaba con el color claro de mi piel y me hacía sentir muy linda.
—Siempre tan linda vos —se detuvo a observarme como si fuera la cosa más hermosa jamás vista.
—Pervertida —la corté; me daba vergüenza, pero aun así la tomé del mentón y la atraje hacia mí para besarla una vez más.
Sentí cómo sonreía en medio del beso, y eso me hizo sentir tan bien.
De alguna manera, empezaba a sentir que ella me completaba, pero todavía faltaba algo para estar al cien.
Le saqué la remera, dejando a la vista un hermoso corpiño de encaje negro.
Mis ojos fijos en ella hicieron que ni notara cuando se paró para sacarse el pantalón.
Se lanzó nuevamente sobre mí y nos llevó al centro de la cama, mientras me acariciaba las piernas.
Mi respiración se agitaba cada vez más. No podía creer que esto estuviera pasando; solo me quedaba dejarme llevar.
Un hábil movimiento me permitió dejarla abajo mío.
Me gustaba tomar el control, aunque también me gustaba que me controlaran. Un balance no viene nada mal.
Ella tomó mi cintura, y yo la agarré del cuello acercándola más.
Bajó lentamente sus manos hasta llegar a mis caderas. Cuando las alcanzó, las apretó con fuerza y me dio una nalgada.
Su boca fue directo a mi cuello, besándolo con bestialidad.
—¿Puedo? —preguntó, sosteniendo los bordes de mi bombacha.
Asentí, y la retiró.
Me dejó suavemente acostada en la cama y, a la par, desprendió mi corpiño, dejándome completamente desnuda ante ella.
Recorrió mi cuerpo dejando besos por todos lados. Me volvía loca; cada vez me desesperaba más.
—Dale, María… —jadeé.
—¿Qué necesitás? —preguntó sin abandonar su tarea.
—Sabés lo que necesito.
—No tengo idea —susurró acercándose, quedando frente a mi cara.
—A vos te necesito.
Dirigió una de sus manos a mi centro y lo acarició. Instantáneamente se me escapó un gemido.
Ella sonrió y se mordió el labio inferior, demostrando que le encantaba hacerme sentir bien.
Minutos después me guió lentamente hacia el borde de la cama, bajó de ella y se arrodilló, quedando frente a mi intimidad.
Sin pensarlo mucho, se dispuso a hacer su tarea, haciéndome perder la cabeza de una vez por todas.
Mis ojos no se cerraron en ningún momento; me gustaba verla ahí, me gustaba que fuera ella.
Cuando sentí que iba a llegar al límite, le di un suave tirón del pelo para que me mirara.
Lo hizo sin detenerse, y pocos segundos después me vine con sus ojos puestos en los míos.
Ella sonreía mientras yo trataba de regular mi respiración agitada.
—Estás loca… —alcancé a decir antes de tirarme hacia atrás.
—No, corrección: te tengo loca —se subió encima mío.
—Ahora te toca a vos, linda —le guiñé un ojo y le desabroché el corpiño.
—Espero que no seas así de coqueta con las otras.
—Sos la única, boludita —la dejé debajo mío y empecé a besarle el cuello—. Te lo voy a demostrar.
Me dispuse a hacerla sentir placer en todos los sentidos.
Pasamos así al menos dos horas. Sí, dos horas.
—No sé qué mierda me hiciste, Nicole, pero me tenés loca —admitió acomodándose a mi lado.
—Creéme que es muy repentino esto. Ni yo sé cómo pasó. Tampoco quiero saberlo. Estoy demasiado feliz —dije inesperadamente.
—¿Te…? —dudó en seguir hablando.
—¿Te qué? —negó con la cabeza—. Decime.
—¿Te gusto? —preguntó, tímida.
—Te da vergüenza preguntarme eso, pero hace un rato estabas gritando mi nombre como una loquita —la increpé.
—Shhh, callate, tonta —me tapó la boca. Cuando saqué la lengua, hizo una mueca de asco y me quitó la mano.
—Sí.
—¿Sí qué?
—Que sí me gustó. Digo… yo tuve que hacer como que algo sabía, pero se nota que vos sí sabías. Bah, sabés.
—Yo no sé si creerte mucho eso de que no estuviste con ninguna —me señaló—. Parecías saber demasiado.
—Te juro que nunca en mi vida estuve con una mujer.
Una gran parte de mí pensó siempre que era cien por ciento hetero —confesé.
—Y llegué yo a demostrarte que no —me besó.
—Bueno, basta —la frené—. A dormir.
—¿Cansadita te dejé, eh? —me retó.
—¿Cansada yo? —me señalé—. Por Dios, cansada estarás vos después de todo.
—Sí, la verdad que me caigo del sueño —dijo restregándose los ojos—. Vení.
Me acerqué a ella y me acomodé en su pecho, que aún estaba desnudo, al igual que el resto de nuestros cuerpos.
—Te quiero, flaquita —me besó—. Buenas noches.
—Yo te quiero a vos —le di un último pico en los labios y cerré los ojos.
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Me presionaron tanto que ahí tienen, es cortito pero es mejor que nada
Los amoo, gracias a las personas que tienen paciencia y no me andan preguntando casa dos por tres cuando voy a actualizar.
Lean esto y vayan a dormir que es tarde.
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Un secreto entre nosotras
Novela JuvenilQuisiera decir al mundo que me moves el piso cuando me miras así...
