En una casa solitaria, envuelta en la penumbra de la noche, Bang Chan se desplomaba en el sillón de su sala de estar, con los ojos fijos en la pantalla del televisor. Las imágenes brillaban con luz y ostentación, mostrando la boda que había sido el evento más comentado del año. Las cámaras captaban cada ángulo de la ceremonia, cada gesto de Seungmin, cada sonrisa de Hyunjin, como si todo fuera una obra maestra, un cuento de hadas de lujo y perfección. Pero para Bang Chan, la imagen era solo un recordatorio de lo que había perdido.
Con una botella de vino ya vacía en la mesa de café, Chan levantó la otra botella, su mano temblorosa al ver a Seungmin en el altar, radiante, sereno. Recordaba cuando Seungmin había estado en ese lugar, con él, prometiéndole amor eterno. Era una promesa rota, una ilusión destruida por su propia traición. El pensamiento lo atormentaba: ¿cómo pude ser tan estúpido?
Había sido su culpa. Él había sido quien arruinó todo, quien destruyó lo que alguna vez había sido su vida, su matrimonio con Seungmin. Su mente lo atormentaba con imágenes de la noche en que Seungmin había descubierto la verdad, cuando la infidelidad se reveló, como una daga afilada clavándose en lo más profundo de su pecho. La ira, el dolor y la humillación en los ojos de Seungmin aún eran tan vívidos en su memoria, como si la escena hubiera ocurrido hace solo unos minutos.
La rabia se apoderaba de él mientras veía a Seungmin, ahora convertido en el centro de la atención, abrazado por otro hombre, un hombre que lo miraba con una ternura y una devoción que Chan nunca supo darle. ¿Cómo pudo encontrar a alguien como él? pensaba, mientras apretaba la botella de vino con más fuerza.
El rostro de Hyunjin apareció en la pantalla, alto y erguido, su figura elegante y casi perfecta. Chan apretó los dientes, sintiendo cómo la envidia y la ira se apoderaban de él. Hyunjin, ese hombre arrogante, ese millonario frío y calculador que había conseguido lo que él había perdido. En ese momento, todo lo que había sido suyo, todo lo que había compartido con Seungmin, parecía haber sido arrebatado, como si nunca hubiera existido. La idea de ver a Seungmin, esa figura que una vez amó, ahora al lado de otro hombre, era insoportable.
La tensión en el aire era palpable, y en la sala oscura donde Bang Chan permanecía, el sonido de la boda se seguía emitiendo desde el televisor. El brillo de la pantalla iluminaba su rostro, reflejando una imagen que no podía soportar: Seungmin, radiante y lleno de vida, abrazado por Hyunjin, quien parecía ser el hombre que finalmente había conquistado su corazón.
Chan sintió cómo su pecho se apretaba, su respiración se volvía más pesada. ¿Cómo se atreven a mostrarme esto? pensó, la rabia creciendo dentro de él como un torrente imparable. No era solo celos. Era una mezcla venenosa de arrogancia herida, de egolatría pisoteada, de un ego que no podía aceptar ser reemplazado. Él, Bang Chan, el hombre al que todos conocían como exitoso, fuerte y con una presencia imponente, ¿reducido a un espectador impotente de la felicidad de Seungmin con otro? La simple idea de que alguien como Hyunjin pudiera estar en ese lugar, abrazando a Seungmin como si fuera suyo, lo desbordaba.
Chan estaba acostumbrado a la admiración, a la sumisión, a que las personas lo desearan, a que todos lo miraran con esa fascinación casi reverencial. Seungmin había sido suyo, en su mente. ¿Cómo se atreve a ser feliz con otro? se preguntaba, las manos apretando los brazos del sillón con tal fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. Cada segundo que pasaba, veía más y más cómo el otro hombre, con su arrogancia y su dinero, parecía ser todo lo que él no era: perfecto, exitoso, con la vida en orden.
La rabia se hizo más feroz cuando la cámara mostró una toma de Seungmin riendo, una risa que solo él había tenido el privilegio de escuchar en los momentos más íntimos de su matrimonio. La risa de Seungmin, esa que siempre lo había hecho sentir invencible, ahora era un recordatorio de lo que había perdido, de lo que nunca podría recuperar.
¡Maldita sea! —gritó Chan, levantándose de un salto, con los puños cerrados y la mandíbula apretada. El sentimiento de impotencia lo estaba ahogando. La ira, alimentada por su ego herido, crecía de manera descontrolada, una tormenta que no podía detener. No puede ser que este estúpido Hyunjin tenga lo que yo perdí... ¡lo que era mío! La furia lo nublaba, transformando su dolor en un odio visceral.
Sin pensarlo, dio un paso hacia el televisor, su mirada fija en la pantalla como si quisiera que desapareciera, como si pudiera hacer que todo lo que veía dejara de existir. En su mente, él era el centro del universo, y todo lo que no giraba a su alrededor era insignificante. Ese era el principio de su mundo: él tenía derecho a todo, a ser amado, a ser admirado, a ser el único en la vida de Seungmin. Y ver a su exesposo compartiendo esos momentos con otro, disfrutar de la felicidad que nunca fue suya, le resultaba insoportable.
En un arranque de furia ciega, sin medir las consecuencias, Chan levantó su brazo y, con un grito de frustración, lo lanzó contra la pantalla del televisor. El golpe resonó en la sala, el sonido del cristal quebrándose llenó el aire, seguido por el pesado zumbido del aparato apagándose de golpe. La pantalla se rompió en mil pedazos, el vidrio roto esparciéndose por el suelo en una lluvia caótica. Chan respiraba con dificultad, sus ojos brillando con la furia de un hombre que nunca había aprendido a perder, que no podía concebir la idea de que algo le estuviera siendo arrebatado sin su permiso. Su cuerpo temblaba, no solo por la rabia, sino por la humillación que sentía. Estaba acostumbrado a ganar, a tener el control de su vida, de su destino. Pero esa imagen de Seungmin, tan feliz, tan radiante con otro hombre, lo desbordaba.
Se cayó de rodillas frente al televisor roto, mirando los pedazos de vidrio esparcidos por el suelo. Su respiración era entrecortada, y un sentimiento de derrota lo invadió. ¿Qué hice? pensó, pero la respuesta no venía. La rabia seguía hirviendo en sus venas, dejándolo completamente a merced de su propio ego. En ese momento, no había comprensión, no había arrepentimiento. Solo había un hombre incapaz de aceptar que su vida, su historia con Seungmin, había llegado a su fin de la peor manera posible.
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Trofeo
FanfictionDonde Seungmin está harto de ser visto como un trofeo por su esposo Bang Chan y Hyunjin está dispuesto a todo para tener a Seungmin
