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Continuación del capítulo 03:

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Continuación del capítulo 03:

La rubia despertó con el corazón latiendo como un tambor en medio de una tormenta, sus muslos se rozaban con la sábana, recordándole ese sueño que había sido más una pesadilla erótica que cualquier otra cosa. Sabía que le gustaba cómo Félix la tocaba, pero nunca hubiera imaginado que su mente pudiera crear algo tan... descarriado.

Sus pezones, duros como diamantes, se marcaban contra la tela de su camisilla, y el despertador, con su sonido estridente, marcaba una equivalencia entre la excitación repentina y sus deberes cotidianos.

Al intentar salir de la cama, un roce inesperado envió un escalofrío a través de su cuerpo haciendo que un jadeo escapara de sus labios que estaban rojos e hinchados, como si realmente hubiera compartido un beso apasionado con el mayor.

Con esfuerzo, trató de ignorar la sensación perturbadora, dirigiéndose a la ventana que, curiosamente, estaba abierta, dejando entrar el fresco de la mañana y la vista directa a la habitación de la susodicha. Todo estaba oscuro y silencioso, señal de que su amiga ya había partido hacia la escuela.

En el baño, Samantha abrió el grifo al máximo, buscando que el agua helada lavara esos pensamientos impuros. No solo por hacia donde se dirigían las cosas, sino porque la cruz en su puerta era un recordatorio constante de una pureza que sentía que estaba perdiendo.

Por culpa de aquel pelinegro, claramente.

El contacto con el agua fría provocó un gemido que resonó en las paredes, como si fuera un acto erótico. Su piel se erizó, pero en vez de calmarla, el agua parecía calentarse al tocarla, añadiendo más confusión a su ya torbellino de emociones.

— ¡Dios! — murmuró, sus dedos fríos se deslizaron hacia sus pechos, que ahora sentían un peso extraño, una traición a su propia

moral. "Esto está mal, esto está mal", se repitió, apretando los muslos, intentando contener esa tormenta de placer y verguenza. Sus pulgares rozaron sus pezones con una mezcla de culpa y deseo.

Lágrimas, puras como el cristal, comenzaron a fluir por sus mejillas, marcando el inicio de un dolor en su vientre, que se intensificó cuando

su mano se posó sobre su centro, como si estuviera siendo observada. Y fue en ese momento de máxima vulnerabilidad cuando sus dedos, ahora curiosos, comenzaron a explorar, deslizándose lentamente sobre su humedad justo como en el sueño, cada toque enviando ondas de placer a través de su cuerpo. Se mordió el labio para contener los gemidos, pero un suspiro escapó cuando su dedo se movió en círculos lentos sobre su clítoris, un ritmo que parecía sincronizarse con los latidos de su corazón.

Pero con ese acto vino también la discordia; su mirada se cruzó con el reflejo de la puerta del baño, y la vergúenza la envolvió como una segunda piel. Samantha intentó recuperar su compostura, sacudiendo el agua helada de su cuerpo, tratando de expulsar también los pensamientos prohibidos de su mente. Su rostro, sonrojado como las primeras luces del alba, sus ojos, vidriosos como el mar después de la tormenta, y sus labios, hinchados por un beso que solo había vivido en sueños, le recordaban su lucha interna.

Envolviéndose en una toalla, buscó el control sobre su cuerpo, que parecía actuar por cuenta propia. Se apoyó contra el lavabo, mirándose en el espejo, mientras se convencía de que nada de lo vivido era más que la ilusión de un sueño y la respuesta física a estímulos inesperados.

—Esto no puede ser... —susurró, luchando contra la imagen de Félix, su amigo, su confidente, quien ahora se revelaba como la tentación misma.

Se dirigió a su armario, eligiendo prendas que no la hicieran sentir desnuda, procediendo a bajar las escaleras que ya mantenían un olor a café recién hecho.

Su madre, ajena a la tormenta interna de Sam, le sonrió desde la mesa.

—¿Dormiste bien, cariño? —preguntó, a lo que la rubia asintió forzando una sonrisa.

—Sí, mamá. Solo un sueño raro, eso es todo.

Mientras daba un primer sorbo a su café, Samantha decidió que necesitaba poner distancia entre ella y cualquier cosa que le recordara a Félix, al menos por hoy. Planeó ir a la biblioteca,

un lugar donde podría perderse entre libros y quizás encontrar alguna forma de entender lo que le estaba pasando. O incliso quedarse junto a Ama y Ari, quienes la protegían de toda tentación externa.

Al tomar su bolsa y salir de casa, evadió mirar hacia la ventana de Félix, aunque la tentación era un susurro constante en su mente.

En el camino, el sol de la mañana iluminaba su rostro, pero su mente estaba en otra parte, en el recuerdo de la noche anterior. Imaginó cómo sería si aquella idiota estuviera allí, no solo en sueños. Se imaginó a ambas en su habitación, el sol entrando por la ventana, iluminando la piel de Félix mientras sus manos exploraban, sus labios se encontraban en besos suaves y profundos, sus cuerpos entrelazándose en una danza de deseo prohibido.

Y entonces, al llegar, su corazón se detuvo al verla. Félix, la lujuria en persona. Mantenía esa sonrisa de lado que tanto la caracterizaba, y su cabello (que rara vez se veía desordenado) estaba alborotado por la constante brisa mañanera. Lo hacía ver como un jodido Dios, con su chaqueta escolar apretándole los fornidos brazos y su cuello haciéndola testigo de un erotismo en bruto.

Estaba segura de que si su madre invadiera su cabeza en este momento, la mataría. Pero de algo estaba consiente, muy en el fondo no le molestaba que el brillo despampanante que esparcía Lisa se le estuviera entrometiendo hasta la piel, e incluso más allá.

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𝐁𝐨𝐨𝐛𝐬❝ʳⁱᵛᵉʳᵈᵘᶜᶜⁱᵒⁿ❞Donde viven las historias. Descúbrelo ahora