Aun no entiendo qué es esa sensación en mi interior, ese poder que se encuentra desgarrándome cada músculo para liberarse con brutalidad, pero me está fascinando. Tengo sed, tengo el deseo de acabar con todos y, a la vez solo quiero mantenerme enjau...
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Si no fuera porque tengo fuerza sobre humana y una resistencia mayor a la de un mortal, juraría que me movió la mandíbula de su lugar.
—¡Carajo, Constanz! ¿de qué mierda me hablas?
—¿Cómo que de qué hablo? ¡Estuviste a punto de salirte de la pista y de chocar con los demás autos!
Froté mi mandíbula una vez más para procesar lo que estaba reclamándome esta vampiresa sexy y extremadamente peligrosa, de verdad se preocupaba por mí. No sé si sentirme asustado o excitado por su reacción.
—Yo...
—¡Fueron los segundos más aterradores!
Parpadeé para erguirme un poco más, pero sabía que para intimidar a alguien como Constanz tendría que robarle sus estrategias al mismísimo diablo y aun así corría el riesgo de que no funcionara. Esta chica me fascinaba.
—Te recuerdo que no soy un humano, mi cuerpo es resistente y los autos de la RCC protegen a los pilotos para evitar daños severos a sus cuerpos —mi voz bajó dos octavas, solo para que sus oídos me escucharan.
La mirada filosa de Constanz fue perdiendo la tensión y las energías por asesinar hasta tomar un aspecto de sorpresa.
Apartó la mirada con ese semblante de confusión y luego se dirigió a mí con más suavidad en su expresión.
Puse los ojos en blanco y estiré mis brazos hacia los lados para girar sobre mi eje y demostrarle que estaba en una pieza, enseñándole lo obvio a simple vista.
Pasó su lengua por sus relucientes dientes blancos y torció sus labios, sabía que se había equivocado al preocuparse de esa manera y posiblemente no encontraba las palabras corrosivas para ella que se definieran en una disculpa.
—Pues... tienes razón. Yo-lo-siento —movía sus manos entrelazadas con nerviosismo y esas palabras las dejó salir muy a su pesar.
Hubiera esperado un día soleado en Minneapolis—muy difícil de ver en esta época del año—a escuchar una disculpa de Constanz Le Revna, sin embargo aquí está, mi chica aceptando que se equivocó con su exagerada reacción.
—De alguna manera gracias por preocuparte y lo siento si te hice pasar muy malos segundos durante la carrera —me apresuré a decir.
—No debí darte esa cachetada y no usé toda mi fuerza, lo prometo —se acercó para revisar los daños.
Yo tragué fuerte de solo haberla escuchado.
—Pudiste zafarme la mandíbula —dije en un puchero.
Tal parece que corro más peligro con Constanz que en una carrera de autos.
—¡Mentiroso! No te golpeé tan fuerza, pero aun así discúlpame —se arrojó a mis brazos y me apretó fuerte—. Lo siento, Max.
Todo su cuerpo vibraba en esa disculpa, la manera en la que ocultaba su cara en la curva de mi cuello para rozarme con sus labios, sus manos acariciándome la nuca y la orilla de mi cabello al ras, cómo se mantenía en puntitas para alcanzarme incluso llevando tacones y su cuerpo pegado al mío. Me sentía un imán incapaz de no aceptar su cercanía, la necesitaba muy cerca de mí.