62. Ella

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BRANDON

Las piezas se deslizan según lo previsto, sin desajustes ni sorpresas.

Aun así, me cuesta asimilar cómo una mente tan perversa puede habitar en el cuerpo de un cerdo con un rostro tan inocente. Ahora entiendo por qué dicen que Lucifer es hermoso: al final, antes de convertirse en demonio, también fue un ángel.

Y si el Imitador no es solo un individuo, sino el mismo infierno manifestado para revelar secretos, como si estuviera dividido en ocho secciones al estilo de La Divina Comedia… Entonces, ella sería Lilith. Es perfecta en esa reencarnación: bella, astuta, con una inteligencia magnética, pero con una mente macabra e insistente.

Aliarme con ella ha sido, sin duda, una de mis mejores y peores jugadas. Traicioné la lealtad que juré a la seguridad de las personas y rompí el voto de protección que hice como parte de la fiscalía. Pero, viendo este pueblo, donde a nadie parece importarle nada, donde todos mienten, sufren, sonríen con falsedad y esconden su hipocresía, me pregunto: ¿acaso mi traición es siquiera una décima parte de lo que ellos hacen?

Al final, ¿qué son unos cuantos secretos y verdades ocultas en comparación con lo que guarda mi querida hermanita? Nada. A veces, los sacrificios que otros ven como enormes en realidad son insignificantes cuando se trata de proteger aquello que realmente importa. Y sé que me llamarán egoísta, malvado, incluso loco, pero yo priorizo lo que he buscado durante años sin encontrar. Aquello que he anhelado con desesperación y que siempre me ha sido negado.

¿Me juzgan por ello?

Que lo hagan.

Yo elijo a mi familia, a mi otra mitad, antes que las mentiras de gente inútil en este mundo podrido. Para mí, ellos no valen nada.

Un sonido de notificación en mi celular interrumpe mis pensamientos mientras conduzco hacia la fiscalía. Decido ignorarlo por ahora y revisarlo cuando llegue al estacionamiento.

Son muy pocas las personas que tienen acceso a mi número, por lo que dudo que se trate de algo realmente urgente. Aun así, una leve inquietud se instala en mi pecho.

Minutos después, estaciono frente a la fiscalía. El motor se apaga, y en el repentino silencio, tomo mi teléfono con cierta indiferencia. Solo entonces noto la notificación. Al encender la pantalla, mis ojos se fijan en un mensaje de un número desconocido.

Frunzo el ceño, desconcertado. No suelo recibir mensajes de extraños, y menos a esta hora.

Algo no encaja

Abro el mensaje con cautela, sintiendo un ligero escalofrío recorrer mi espalda. Solo hay cuatro elementos: una dirección, una fecha, una hora… y un breve mensaje.

Mis ojos se deslizan sobre las palabras con creciente intriga.

Yo cumplo con mi parte del trato, siempre y cuando tú cumplas la tuya. Esto te ayudará más de lo que imaginas para mantenerte alejado.

El mensaje está firmado con una simple inicial: A.

Mi ceño se frunce aún más. No recuerdo haber hecho ningún trato… ¿o sí?

Mi mente une los hilos rápidamente, y una posibilidad se vuelve evidente: este número podría ser de Andrea. La idea cobra fuerza en mi cabeza. Si alguien en este pueblo puede obtener información, secretos y rumores con facilidad, es ella. Conseguir mi número no sería un desafío para alguien como Andrea.

Decidido a confirmar mis sospechas, escribo un mensaje breve:

—¿Eres Andrea?

Lo envío sin pensarlo demasiado y dejo el teléfono a un lado. Pero aunque intento distraerme, mi mente sigue trabajando. Si es Andrea, ¿por qué contactarme así? ¿Qué intenta decirme realmente? Y si no es ella… entonces, ¿quién podría ser?

LÚGUBRE ©Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora