BRUSELA
Podría ser ella.
No, estoy segura de que es ella. O quizás mi mente está jugando conmigo, haciéndome dudar de lo evidente. Pero si no es ella... entonces, ¿quién más? Nadie tendría el valor de entrar en una casa como la mía, no por lo que significa, ni por quién comparte este lugar conmigo, ni por dónde está ubicada.
¿Quién más podría atreverse a visitarme?
No tengo más amigas, y, siendo honesta, no lo siento como una pérdida; con mi ojitos me basta y sobra.
Mientras avanzo hacia el instituto, mis pasos me llevan frente a una casa donde una madre se encuentra en la puerta, despidiendo a su pequeña hija antes de que esta emprenda su camino a la escuela.
Al pasar cerca, las palabras que aquella mujer le dice a su hija llegan a mis oídos, dejando una huella en mi mente, algo que me hace detenerme a reflexionar.
—Ni se te ocurra hablar con los de la otra zona, y mucho menos repetir lo de ayer. Esa gente no merece nuestra gratitud, y mucho menos nuestra amabilidad.
¿Repetir lo de ayer?
Me detengo cerca, fingiendo revisar algo en mi teléfono, mientras espero a que la madre entre en la casa y su hija comience a caminar.
Se dice que los niños siempre dicen la verdad, y pienso que podría aprovechar eso a mi favor.
Me siento algo ridícula haciendo esto, pero no veo otra opción, así que lo considero necesario.
La niña camina por la acera del lado izquierdo, mientras yo la sigo desde la derecha, manteniendo mi distancia. Al cruzar una cuadra, cambio rápidamente de acera y me acerco a ella con pasos acelerados, chocando deliberadamente su hombro.
Por supuesto, totalmente intencional.
—Oh, lo siento, pequeña. ¿Te hice daño? —le digo con una aparente preocupación en mi voz.
—No te preocupes, estoy bien. Seguro no me viste por venir tan apurada —responde con una leve sonrisa que ilumina su rostro.
Ella retoma su camino, y yo aprovecho para caminar a su lado, guardando silencio hasta que decide romperlo.
—¿Cómo te llamas?
Le digo mi nombre y, por cortesía, le hago la misma pregunta.
—Me llamo Aurora —responde con un aire de inocencia que parece envolverla.
—Qué nombre tan bonito —comento, permitiéndome un momento de pausa mientras intento encontrar la forma de llevar la conversación hacia la persona que vio ayer.
Caminamos cerca del muro que separa las dos zonas, esa barrera absurda que no hace más que recordarme las diferencias entre ambos lados.
Una completa estupidez.
Pero, ¿qué se puede esperar? Los que nacen con todo servido jamás piensan en cómo otros luchan por una comida, en cómo deben estirar hasta el último recurso para sobrevivir. No entienden lo que significa lavar la ropa con prisa para volver a usarla al día siguiente porque no hay más opciones. Todo lo que para ellos es insignificante, para otros es un desafío diario por la falta de oportunidades.
Con este pensamiento en mente, me atrevo a hacer una pregunta relacionada: — ¿Qué opinas de que los de la zona alta tengan un muro que nos divide?
La niña me responde con una expresión triste en su rostro, mientras seguimos caminando: — Mamá dice que ellos son malos, que se aprovechan de la gente, y que no debo relacionarme con ellos. En la escuela, muchos niños me tratan mal y me hacen cosas muy feas, pero cuando intento hablar con ellos, siempre dicen que soy la culpable y que soy problemática.
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LÚGUBRE ©
RawakUn pueblo. Un asesino. Y un enigma decidido a revelar los secretos más oscuros de todos. Eso es Sanford, un lugar envuelto en mentiras, engaños y falsedades. Quienes no han pisado ese lugar podrían dudar de estas palabras, pero quienes lo conocen...
