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Era de mañana, los rayos de la luz del sol aterrizaban en la desnudez del cuerpo del recién nacido, haciendo que el tatuaje rojo del sello del dragón brillara y de cierta forma resaltara lo blanquecino de su piel. Dormía sobre el pecho de su madre, encima del valle de sus senos, mientras ella se dedicaba a observar a su aldea desde lo alto de la Torre del Castillo rojo. Sus orbes verdes divagaban de un lado para otro de manera lenta y pausada, analizando con mayor profundidad las pequeñas casitas de madera, siendo abrazadas fuertemente por enredaderas y escondidas por frondosos árboles, tan llenos de vida. Veía como los aldeanos hacían sus tareas, como el traer madera, encender un hoguera, destazar animales, ordeñar bacas... cosas verdaderamente rurales. Es como si dentro de este Clan, no existiese como tal un mundo shinobi, solo la jerarquía más altas poseían información acerca ello, al igual que el trasfondo de los jutsus de sangre que tanto caracterizaba al clan.
— Creo que me gustaría que nuestro hijo creciera en esta aldea, Kakashi. —anuncia Nashiro con una pequeña sonrisa en su rostro, observando de reojo al ninja que se encontraba de pie a un lado suyo, como si este estuviese cubriendo alguna clase de guardia.
El enmascarado guarda silencio por algunos segundos, desviando su vista -desde su distancia- hacia los adolescentes que se encontraban peleando amistosamente, entrenando. Hisoka y Naruto. Esos dos estaban en uno de los jardines y patios más grandes que rodeaban el castillo. Definitivamente para Hisoka, Naruto no era ninguna clase de rival u oponente. Se notaba a leguas. Su hijo no estaba demostrando toda su fuerza y poder en ese pequeña riña contra Naruto, el pobre rubio ya no sabía ni que jutsu ocupar para vencer a su primo.
Haku únicamente se limitaba a echarle porras a Naruto, mientras sostenía unas toallas para que más tarde los dos jóvenes se limpiaran todo ese hediondo sudor del rostro.
— No puedes ocultarlo toda su vida del verdadero mundo que lo rodea, Nashiro. —comenta Kakashi, dirigiendo su visión hacia su mujer e hijo. Una imagen digna de admirar. Pues la peli blanca se encontraba reposando sobre una sofá individual, con el pecho bastante descubierto, permitiéndole imaginarse algo más. Mientas que su pequeño bebé dormía con restos de calostro en los bordes de sus labios y su mejilla derecha aplastada contra la piel de su madre. — Tan solo míralo... —hace una breve pausa, regresando su atención hacia su adolescente. Nashiro desde su lugar se asoma un poco, con la precaución de no despertar a su hijo y desacomodando aún más su kimono mal vestido. Al poco tiempo se encuentra viendo lo mismo que Kakashi— Es asombroso, más fuerte que cualquiera de nosotros dos. Este mundo tan hostil merece a un shinobi tan obstinado como lo es Hisoka.
Los ojos de Nashiro recorren cada movimiento que hace Hisoka. Una sonrisita surge por sus labios, dejando ver a la luz una expresión maravillada.
— ¿Qué tan diferente puede ser ese Hisoka al nuestro, Kakashi? —el entrecejo de la joven se frunce un poco, mirando a su bebé reposando en su pecho.