Tras un accidente que le arrebató a su mejor amigo, Connor vive atrapado por la agorafobia y el trastorno de estrés postraumático, refugiado en la rutina y el encierro para evitar el caos del mundo exterior. Años después, Jimmy, un viejo amigo de la...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
La terminal B del aeropuerto de Fráncfort olía a café recalentado, perfume caro y cansancio acumulado. La mezcla de idiomas se arremolinaba entre los parlantes que anunciaban retrasos, puertas de embarque y conexiones imposibles, todo sobre un fondo de villancicos desentonados que salían de los altavoces navideños. Un trío de niños con suéteres rojos chillones corría entre las filas de espera, mientras sus padres discutían en voz baja con acentos distintos, tropezando con maletas rígidas y sonrisas forzadas.
En medio de aquel pintoresco y caótico paisaje, donde cualquiera podría perderse, un joven luchaba por llevar su maleta entre el gentío. Llevaba un gorro marrón a medio poner, por el cual se vislumbraban algunos mechones de sus cabellos rubios. Su bufanda verde, torcida y larga, parecía una enredadera aferrada a una rama, y el abrigo gris que vestía parecía ser unas tallas más grande. Tras un resoplido, el joven se detuvo en un lugar que le permitiera ver el panorama y miró, ansioso, el tablero de salidas: el vuelo BA 724 a LON-Gatwick(1) ahora decía "Retrasado" en rojo. Respiró hondo y, luego de observar a su alrededor, fue directo a un asiento junto a una columna, cerca de la terminal 2, donde estaría su puerta de embarque.
Se dejó caer en el frío asiento y acomodó su maleta entre las piernas, aliviado de encontrar un lugar decente entre el caos que era aquel sitio. Llevaba unas tres horas en tránsito debido a las malas condiciones climáticas que habían acompañado todo el vuelo desde su salida, y aún le quedaban de tres a cinco horas más para abordar el siguiente vuelo a Londres. Y ese ni siquiera era su destino final. Había estado huyendo tan rápido de Ámsterdam que había tomado el primer vuelo con asiento disponible y no se había dado tiempo de pensar en la escala. O en nada, en realidad.
Un leve suspiro de su parte se sumó, como ente invisible, al ruido del lugar y se perdió entre los villancicos que sonaban en alemán desde los parlantes. Las luces parpadeantes del árbol navideño frente al duty free(2) lo obligaron a entrecerrar los ojos claros, cansados por tantas noches de mal dormir. Era una Navidad sin planes, sin reservas, sin un destino claro más allá del nombre familiar de una ciudad que no pisaba desde hacía años: Herfest.
Buscó el móvil en su mochila, con las manos heladas y la torpeza del agotamiento y la ansiedad apenas contenida. Con solo un toque notó en la pantalla encendida una cantidad desorbitante de llamadas perdidas y mensajes que lo habían asolado antes de iniciar su huida. Agradecía ahora estar en un país desconocido, donde ninguna llamada o mensaje más le llegaría. Borró todo rastro de la vida que había dejado atrás y conservó solo el único contacto que, para él, brillaba como una luz de esperanza vestida de nostalgia. Y ahí, en la pantalla aún encendida, estaba la prueba de que no todo era desarraigo: el contacto que jamás pensó tener, pero que hoy atesoraba; la llamada corta, pero real; la voz al otro lado. Connor.
Jimmy sostenía el móvil entre los dedos como si aún pudiera exprimirle un poco más de voz, esa que nunca creyó extrañar tanto y que lo llevó al recuerdo que más atesoraba del azabache de mirada afilada.