La primera grieta

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El sol comienza a ocultarse lentamente, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y lilas. Rai camina de un lado a otro frente a la entrada de la escuela, como si nada la pudiera hacer moverse del lugar. Sus ojos no dejan de mirar la figura de Alondra que se aleja de la puerta del colegio. Aurora la acompaña, como siempre. Rai observa a las dos desde la distancia, ocultándose detrás de una esquina, lo suficientemente lejos como para no ser vista, pero cerca para seguir cada uno de sus movimientos.

Aurora se despide con una sonrisa que parece iluminar todo a su alrededor. Rai siente un nudo en el estómago al ver cómo la chica se acerca a un sedán negro que la espera en la acera. Las luces del auto se encienden, reflejando destellos en las ventanas. Rai se tensa, sin poder apartar la mirada de la más baja.

El aire se espesa cuando Aurora se inclina hacia Alondra para darle un último beso en la mejilla. Es un beso rápido, pero tiene la ternura con la que ella anhela tener con la de lentes. Rai siente un ardor en el pecho, como si el sol se hubiera detenido por un segundo y todo su calor se hubiera posado en ella en ese instante. La forma en que la rubia cierra los ojos, como si disfrutara de la cercanía de Aurora, hace que la sangre de Rai hierva en sus venas, con un sentimiento de frustración y celos que no puede controlar.

Aurora se sube al coche, y el vehículo comienza a alejarse lentamente, llevándola fuera de su campo de visión. Rai espera, conteniendo la respiración, observando cómo Alondra sigue caminando, ajena a todo lo que está pasando a su alrededor. Con un suspiro que apenas se oye, Rai da un paso adelante, saliendo de su escondite detrás de la esquina, sin perder a Alondra de vista.

Con pasos rápidos pero silenciosos, Rai comienza a seguirla, lo suficientemente cerca como para ver cómo Alondra avanza por la acera, sin saber que está siendo observada. A cada paso, Rai siente el peso de su propia respiración, como si el aire se hiciera más denso, pero no puede detenerse ahora.

Alondra gira por la siguiente esquina, caminando con paso firme, sin mirar atrás. Rai, por su parte, tiene los ojos fijos en ella, sintiendo cómo cada movimiento de la chica parece hipnotizarla más.

Rai se detiene al llegar a una esquina, oculta detrás de una pared de ladrillos a medio construir, suficientemente alejada pero lo bastante cerca para observar todo con claridad. Desde allí, tiene una vista perfecta de la entrada de la casa de su futura novia. La vivienda de dos plantas es sencilla, pero cálida, y tiene un gran árbol en el patio que le da el toque.

Se detiene y observa con atención cómo Alondra se agacha frente a la puerta de su casa. Bajo un tapete guinda, con la palabra "welcome" en letras blancas, encuentra una llave que toma entre sus dedos. Con calma, la inserta en la cerradura, haciendo girar la puerta y abriéndola lentamente con un suave crujido. Al entrar, la luz se enciende de inmediato, inundando el interior de la casa. A través de las ventanas, la luz se filtra, proyectando sombras sobre las cortinas.

Escucho el canto de los grillos a lo lejos, un sonido suave que llena la noche, y de repente me doy cuenta de lo tarde que es. El cielo ya está oscuro, y la brisa fresca acaricia mi rostro. La sensación de estar allí, espiando, me llena de excitación y arrepentimiento.

Es una locura, lo sé. La adrenalina en mi cuerpo me hace temblar, pero también siento el peso de la incomodidad de lo que estoy haciendo. Sin embargo, no puedo apartar la mirada de la casa. Un nudo se forma en mi estómago, como si quisiera irme, pero al mismo tiempo algo en mi interior me exige quedarme, ver más, aunque sé que no debería.

Mira a ambos lados de la calle. No hay autos, ni personas caminando. Solo el zumbido lejano de los postes de luz y el crujido de las hojas movidas por el viento. Con el estómago encogido, cruza la calle a paso rápido, sin hacer ruido, como si el aire pudiera delatarla.

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