La cocaína de los pobres
está crocante por los días
y sabe tan exquisito cuando se comparte.
El herrero le ablandó el corazón,
un utensilio dentado le dio en el centro,
y plasmó el espíritu del sur para darle sabor
a una cálida reunión de sangre.
En el circuito cerrado del sentimiento
guardo un coloquio con mi padre,
la risa de mi hermano, la maña de mi hermana
y la risa nuevamente, explorada por mamá.
En la telepantalla oceánica yace un general suicida,
un muerto, dos tiroteos con pistolas de agua,
un alza de mentira, un dólar en coma etílico,
una mujer quemada, un porcentaje que no representa a nadie,
Chile tiene cuarenta y nueve estrellas más,
hará frío mañana, venga al restaurant,
cuánto gastamos las mujeres,
¡compre la manzana mordida!,
¡dé un like y salve a los delfines!
y yo revolvía y revolvía.
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