Todo eso es mío

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Mauro llevaba tres meses entrenando fuerte. Brazos, espalda, abdominales… pero lo que más lo obsesionaba últimamente eran sus piernas. Tenía ese objetivo claro desde que Tiago, entre risas, le dijo que tenía "patitas de pollo" en una entrevista de Twitch. Lo dijo jodiendo, sí, pero Mauro se lo tomó como un reto personal.

Y ahora, después de tanto sentadilla, peso muerto y zancada, el resultado era imposible de ignorar. Ni siquiera Tiago podía hacerlo.

—Boludo… ¿te diste cuenta de lo que lograste? —murmuró Tiago una tarde, con una voz rasposa, bajita, como si estuviera viendo algo prohibido.

Mauro estaba en su living, buscando un buzo para taparse después de entrenar, pero llevaba un short negro ajustado que apenas le cubría el culo y le marcaba los muslos tensos por el ejercicio. Estaba de espaldas a Tiago, sin pensar en nada. Hasta que sintió esa mirada.

—¿Qué cosa? —preguntó, sin darse vuelta.

—Eso. —La voz de Tiago sonó más grave—. Esos muslos… ese culito, boludo. Te juro que no podés andar así por la casa. Me estás haciendo mal.

Mauro se rió, girando apenas el cuello.

—Pará, enfermo —dijo entre dientes, pero con las mejillas un poco rojas.

Tiago no respondió. Se acercó en silencio y, sin aviso, le dio una palmada fuerte, seca, directa al glúteo derecho. Mauro pegó un saltito del susto.

—¡Eh! ¿Qué hacés?

—Verificaba si era real —sonrió Tiago, sin vergüenza—. Está re duro, boludo. Me tenés loco.

Mauro se mordió el labio. Le gustaba que Tiago lo mirara así, pero le daba un poco de pudor. Nunca le había prestado tanta atención a su cuerpo como ahora. De repente Tiago estaba obsesionado. Cualquier cosa era excusa para agarrarle el muslo, meterle mano por debajo del short, o quedarse en silencio mirándolo como un pervertido.

—Me estás empezando a dar vergüenza —le confesó Mauro una noche, en la cama. Él intentaba mirar la serie pero Tiago tenía la cabeza apoyada en su pierna, acariciándola como si fuera un gato.

—¿Vergüenza? ¿Por qué?

—No sé. Te re cebás con mis piernas, con mi culo. Encima lo decís en voz alta. El otro día en el estudio dijiste “mirá esas piernas, te parto” enfrente de todo el mundo.

Tiago soltó una carcajada.

—¿Y acaso no es verdad? —preguntó, subiéndose encima de él—. ¿O preferís que me quede callado mientras te imagino cabalgándome con esos muslos nuevos?

Mauro tragó saliva, mirando la sonrisa confiada de su novio.

—Sos un enfermo.

—Y vos me hacés peor.

La obsesión escaló.

Tiago no podía dejar de tocarlo. En el auto, en el camarín, en la cocina. Cada vez que Mauro se agachaba, él estaba ahí. Cada vez que se ponía un pantalón ajustado, Tiago se lo bajaba con los ojos. Cada vez que se sentaba sobre sus piernas, le susurraba cosas que lo hacían arder entero.

Y Mauro… se dejaba.

Porque le gustaba. Porque lo volvía loco cómo Tiago lo deseaba sin filtro, sin medida. Pero al mismo tiempo, había algo en esa intensidad que lo sacaba de eje.

Hasta que una noche, Mauro explotó.

Estaban en la casa de Tiago. Mauro recién había salido de bañarse y caminaba solo con una toalla atada a la cintura. Tiago lo miraba como si fuera un postre servido en bandeja. Cuando Mauro se inclinó para sacar un boxer del cajón, sintió esa mirada otra vez. Luego las manos.

—Tiago, pará —dijo con un tono serio—. No me toques así todo el tiempo. Me hacés sentir como… un objeto.

Tiago frunció el ceño y retrocedió un poco. Lo miró con esa mezcla de culpa y deseo que lo delataba.

—¿Te incomoda?

Mauro dudó. Se llevó una mano al cuello.

—No es que me incomoda… pero no sé. Me siento observado todo el tiempo. Como si solo te gustara eso.

Tiago se acercó con calma, le tomó el rostro con una mano.

—Ey. No me gusta solo eso. Me gusta todo vos, ¿ok? Pero eso que tenés ahora… —bajó la mano y le apretó el muslo con suavidad—…es un regalo, boludo. Y me vuelve loco porque lo hiciste vos. Porque es tuyo. Porque sé lo que te costó.

Mauro bajó la mirada, medio sonriendo.

—Igual sos un degenerado.

—¿Y vos no?

—Un poquito, sí.

Esa noche, Mauro ya estaba en la cama cuando Tiago apareció con una mirada distinta. No llevaba remera. Solo un pantalón deportivo bajo y sin calzoncillo.

—¿Qué hacés? —preguntó Mauro, alzando una ceja.

Tiago se subió a la cama sin decir nada. Le tomó las piernas y las abrió con delicadeza, colocándose entre medio. Mauro se tensó, sorprendido por la energía que traía su novio.

—¿Sabés qué? —le murmuró Tiago contra la piel—. Voy a demostrarte cuánto me gusta todo esto.

Y lo hizo.

Le besó los muslos con devoción, como si fueran sagrados. Primero suaves, luego con lengua. Mauro se arqueó apenas, sintiendo cómo se le escapaba el aliento. Tiago bajó, mordió el borde del boxer, lo arrastró despacio. Mauro tenía los ojos cerrados, la respiración acelerada.

—Tenés idea lo que me hacés —susurró Tiago, metiéndose entre sus piernas—. Sos hermoso. Todo esto… —le apretó el glúteo con ambas manos—…es mío.

Mauro gimió bajito, perdiendo cualquier atisbo de vergüenza.

Lo que siguió fue un despliegue de pasión pura. Tiago no dejó centímetro sin recorrer. Besos, lengua, jadeos. Mauro se entregó por completo, sintiendo cómo toda esa obsesión se volcaba en él como una ola caliente.

Y cuando por fin se unieron, fue lento, intenso, cargado de deseo contenido. Mauro se aferró a sus hombros, dejándose llevar, gimiendo su nombre.

—Tiago…

—Decime que te gusta —susurró Tiago, con los ojos ardiendo.

—Me encanta. Me encanta que me mires así. Me encanta que me desees.

—Entonces no te quejes más —sonrió Tiago, besándolo fuerte—. Porque no pienso parar.

Después, cuando ya estaban tirados enredados entre las sábanas, Mauro se acurrucó contra el pecho de Tiago, con los muslos aún temblando.

—Estás enfermo.

—Enfermo por vos.

Mauro rió bajito, medio dormido.

—Sos un pesado.

—Y vos, mi adicción.









NO ENCUENTRO LA FOTO
pero me inspiré de las piernas de Lit en la casa Madrid de este año cuando todos los chicos estaban acostados en la cama de Spreen (creo que era de él) 
Jsjsjsjs

One Shots LITIAGO Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora