Luz en la Nieve

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Ambientado en el mundo de Harry Potter

La nieve había caído silenciosa sobre los terrenos de Hogwarts, cubriéndolo todo de blanco, como si el castillo hubiera entrado en un sueño. Era diciembre, y la mayoría de los estudiantes se había marchado para las vacaciones, dejando pasillos vacíos, salas comunes tranquilas y un aire de calma inusual en la escuela de magia.

Tiago no se había ido. Había decidido quedarse en el castillo, lejos del bullicio del mundo mágico, disfrutando del fuego cálido en la sala común de Gryffindor y del silencio casi sagrado de la biblioteca.

Lo que no esperaba era encontrar una nota enrollada dentro de su libro de Encantamientos Avanzados, firmada con una caligrafía elegante, inclinada, familiar.

> “T.
Necesito tu ayuda con algo.
Torre de Astronomía. Esta noche.
— M.”

Tiago parpadeó. Sabía perfectamente quién era “M”. Mauro, el alumno de Slytherin que lo había vuelto loco desde cuarto año. Siempre impecable, misterioso, algo altanero… y atractivo en un modo que Tiago odiaba admitir.

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A las diez en punto, con su capa negra ondeando y las botas marcando la nieve helada en el suelo, Tiago subió los escalones de la Torre de Astronomía. El aire era gélido, y su aliento salía en nubecitas frente a él.

Cuando llegó, Mauro ya estaba allí.

Apoyado contra el muro de piedra, con los brazos cruzados, mirando las estrellas. Su túnica verde oscuro estaba abierta, dejando ver un suéter gris ceñido, y la bufanda de Slytherin colgaba de su cuello como si fuera parte de un desfile de moda invernal. Tiago se detuvo en seco al verlo. Siempre se veía bien, incluso entre hielo y ruinas.

—Viniste —dijo Mauro, sin mirarlo.

—Dijiste que necesitabas ayuda —respondió Tiago, con más firmeza de la que sentía.

—Y la necesito.

Finalmente, Mauro se giró hacia él. Sus ojos grises se clavaron en los de Tiago, como si buscaran algo. Luego levantó su varita y la sostuvo frente a su pecho.

—No puedo conjurar un Patronus.

Tiago arqueó una ceja.

—¿Y por qué me lo pedís a mí?

—Porque sé que podés hacerlo —respondió Mauro, casi con fastidio—. Te vi una vez. En el bosque. Cuando esos… bichos aparecieron. No entraste en pánico. Tu Patronus era fuerte. Y hermoso.

Tiago sintió el rubor subirle por el cuello. ¿Mauro lo había visto? ¿Lo había observado en secreto?

—¿Por qué querés aprender ahora?

—No lo sé —dijo Mauro, bajando la mirada—. Es Navidad. Estoy solo. Supongo que quiero protegerme de las cosas que no se ven.

Tiago guardó silencio un momento. Luego dio un paso adelante, sacando su varita.

—Está bien. Pero tenés que pensar en un recuerdo feliz. Uno muy fuerte. Uno que te llene.

Mauro asintió, cerró los ojos, y levantó la varita.

—Expecto Patronum —dijo, pero no ocurrió nada. Apenas un humo plateado, débil y tembloroso.

—No estás enfocándote —le dijo Tiago—. ¿Qué estás recordando?

—Nada concreto.

—¿Familia?

—No. Eso no me ayuda.

—¿Algún momento que te hiciera sentir protegido?

Mauro lo miró con una chispa diferente en los ojos. Casi… vulnerable.

—Estoy tratando de recordar cuando me sentí visto. Sin ser juzgado. Es raro, pero… esas veces que cruzamos miradas en clase de Encantamientos. Vos no me mirabas como los demás.

Tiago se quedó inmóvil.

—¿Me mirabas en clase?

Mauro sonrió, apenas.

—Todo el tiempo.

Hubo un silencio. Largo. El aire entre ellos se volvió denso, lleno de una electricidad extraña. Una ráfaga de viento les hizo temblar los abrigos, pero ninguno se movió.

—Probá otra vez —dijo Tiago, en voz baja.

Mauro cerró los ojos.

—Expecto Patronum.

Esta vez, una figura más definida surgió de la punta de su varita. Algo ágil, de cuerpo alargado, con orejas puntiagudas.

—¿Es… un zorro? —preguntó Tiago, sonriendo.

Mauro asintió, apenas jadeando por el esfuerzo.

—Lo logré.

—Eso hiciste. Y fue hermoso.

—Como el tuyo.

Tiago se le quedó mirando. El corazón le golpeaba fuerte en el pecho, pero dio un paso más. Estaban tan cerca ahora que podía oler la colonia de Mauro, sentir el calor de su cuerpo a pesar del frío.

—¿Por qué realmente me pediste que viniera?

Mauro tragó saliva.

—Porque te pienso.

—¿En serio?

—Sí.

Tiago no pudo más.

Lo besó.

Fue suave al principio, como una pregunta. Mauro no dudó en responder. Le tomó la capa con ambas manos, tirándolo más cerca. El beso se volvió urgente, intenso. Sus bocas se chocaban con ganas contenidas desde hacía años. Tiago le acarició la nuca, y Mauro soltó un suspiro contra sus labios.

—Siempre quise hacer eso —murmuró Tiago contra su boca.

—Yo también.

El frío pareció desaparecer. Se quedaron abrazados, besándose en la torre mientras la nieve seguía cayendo. Las varitas quedaron olvidadas a un lado.

Y esa noche, entre murmullos, manos temblorosas y besos que derretían la escarcha de sus pestañas, encontraron un rincón dentro del castillo que no tenía reglas. Donde Slytherin y Gryffindor no importaban. Donde podían ser simplemente Mauro y Tiago.

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Más tarde, cuando se recostaron en una manta encantada que Tiago había conjurado al vuelo, Mauro apoyó la cabeza en su pecho.

—¿Pensás que esto está mal? —preguntó, con voz bajita.

—¿Por qué lo estaría?

—Vos y yo… somos de casas opuestas. Criados para no confiar en el otro.

—Entonces es hora de romper la tradición —susurró Tiago, besándole el cabello—. Porque si esto está mal, no quiero estar bien nunca más.

Mauro sonrió.

—Te juro que me dan ganas de aprender cada hechizo si vas a quedarte al lado mío cada vez que falle.

—Vas a aprender todo. Yo te enseño.

—Y yo… te cuido.

Se miraron. Y el zorro plateado de Mauro volvió a danzar cerca de ellos, corriendo alrededor como si celebrara ese nuevo lazo.

Esa Navidad, en la Torre de Astronomía, entre la nieve y las estrellas, dos alumnos que jamás deberían haber estado juntos, conjuraron algo mucho más poderoso que un Patronus.

Se conjuraron uno al otro.

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⏰ Última actualización: Aug 08, 2025 ⏰

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