XVII

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Ha, se me olvido que estaba publicando este fanfic XD. Aquí traigo un capítulo disfrutenlo :3.






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A la mañana siguiente, el aire fresco del amanecer acariciaba la pista privada mientras Zed avanzaba hacia el jet con pasos firmes; su figura imponente iba envuelta en un abrigo oscuro.

El personal del aeropuerto se apartaba a su paso, ofreciendo saludos silenciosos que él apenas registraba.

Liam lo seguía a corta distancia, cargando una maleta ligera y revisando con meticulosidad los detalles en su tableta.

El piloto emergió de la cabina para recibirlo.

—Señor Crossman, todo está listo. Despegaremos cuando usted lo ordene.
Zed asintió, el rostro tan inescrutable como siempre.

—Que sea rápido —dijo con sequedad, ascendiendo la escalerilla sin mirar atrás.

El interior del jet reflejaba su esencia: sobrio, elegante; un lujo que no necesitaba ostentación.

Se acomodó junto a la ventana, dejando que la mirada se perdiera en la pista mientras los motores cobraban vida con un rugido grave.

Liam tomó asiento frente a él y dejó la tableta a un lado.

—El vuelo durará unas diez horas, señor. ¿Necesita algo antes de despegar?

—No —respondió Zed, la voz baja pero cortante.

Sus dedos tamborilearon una vez sobre el reposabrazos, un gesto fugaz que delataba la tormenta que bullía bajo su calma aparente.

—Solo asegúrate de que todo esté listo al aterrizar. No habrá margen para errores.

El jet comenzó a rodar por la pista, y Zed cerró los ojos un instante, dejando que el zumbido de los motores llenara el vacío.

Regresaba a Roan no solo como líder de su imperio empresarial, sino como un hombre dispuesto a romper cualquier barrera —humana o no— que se interpusiera entre él y el control que estaba decidido a reclamar.

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La furia de Elisneh crecía con cada fracaso.

No sabía quién había dado la orden —no podía ser Alberu; él no se rebajaría a algo tan mezquino, ¿verdad?—, pero el aislamiento la estaba volviendo loca.

Revisó cada rincón de la villa: las líneas telefónicas estaban cortadas, los sirvientes parecían robots mudos y los guardias la seguían como sombras.

Hasta que, al cuarto día, encontró su oportunidad.

Era medianoche y la lluvia golpeaba las ventanas, un ruido que ahogaba los pasos.

Elisneh había notado que uno de los guardias del turno nocturno siempre se dormía junto a la pared del pasillo trasero.

Se movió con sigilo, descalza, con una sábana enrollada como cuerda improvisada.

Llegó a la ventana del baño —la única sin candado, demasiado alta para ser práctica, según ellos— y trepó al lavabo.

La madera crujió bajo su peso, pero el trueno disfrazó el sonido.

Ató la sábana a la tubería y se deslizó hasta el jardín, con barro salpicándole las piernas.

Corrió sin mirar atrás, el corazón golpeándole en los oídos, hasta que las luces de la villa quedaron atrás.

Cuando llegó a la casa central de los Molden, empapada y jadeante, golpeó la puerta como si la vida le fuera en ello.

Un criado la dejó pasar y ella entró en la sala principal, donde su tío y su padre estaban reunidos.

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