XVIII

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Quiero mostrarles que tengo buenas intenciones, así que me tomé un tiempo para traerles otro capítulo. Este ya está corregido, y de antemano les pido disculpas si encuentran alguna incongruencia o algo que no encaje con la historia. Como les mencioné antes, lo escribí por partes y solo lo junté, así que no estoy seguro de haberlo organizado de la mejor manera. ¡Espero que disfruten de la lectura!

No soy alguien con mucha confianza, así que no se si les gusta mi fanfic si no comentan...

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El sol apenas despuntaba sobre Roan cuando el auto de Zed se detuvo frente al edificio de Alberu, una torre elegante en el corazón de la ciudad. 

La noche había sido breve, apenas unas horas de sueño inquieto en la casa principal, pero su rostro no mostraba fatiga, solo una determinación gélida. 

Bajó del vehículo, el abrigo oscuro contrastando con la luz pálida del amanecer, y subió en el ascensor privado hasta el penthouse de su hijo.

La puerta estaba intacta, sin señales de lucha o entrada forzada. 

Usó la llave maestra que siempre llevaba —un detalle que Alberu detestaba, pero que Zed nunca había cedido—. 

El departamento estaba impecable: muebles minimalistas, una botella de vino a medio terminar en la mesa, y el aroma tenue de cuero y madera. 

Todo parecía en orden, como si Alberu hubiera salido por un momento y planeado regresar.

Zed recorrió el lugar con pasos lentos, sus ojos escaneando cada rincón. 

Abrió el escritorio en el estudio, revisó los cajones: notas de reuniones, contratos recientes, pero nada fuera de lo común. 

En la sala, un abrigo colgaba del perchero, y sobre la mesa auxiliar había un itinerario impreso: 

>“24 de xxxx – Reunión con E. Molden, 19:00”.<

Era la última pista tangible, y no le decía nada nuevo. 

Mientras Zed estaba frente a la ventana panorámica del departamento de Alberu, con la ciudad de Roan despertando bajo la luz tenue del amanecer, un recuerdo lo asaltó como un eco lejano. 

Cerró los ojos por un instante, y allí estaba: Alberu a los quince años, de pie en la sala de juntas de la empresa Crossman, enfrentándolo por primera vez. 

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Había sido una reunión rutinaria con los ejecutivos de alto nivel, todos trajeados y alineados como piezas en el tablero de Zed. 

Él presidía la mesa, revisando proyecciones financieras, cuando Alberu irrumpió sin ser invitado. 

No era un arrebato impulsivo —eso no era propio de él—, sino un movimiento calculado. 

Llevaba una carpeta en la mano, su postura recta pero con un brillo desafiante en los ojos que Zed reconoció al instante como un reflejo de sí mismo. 

—"Señor Crossman. "

Había dicho Alberu, omitiendo el "padre" con una formalidad cortante que hizo que los ejecutivos contuvieran el aliento.

 
—He revisado el plan de expansión hacia el sector tecnológico del sur. Es un error. Los costos superan las ganancias proyectadas en un 12%, y los competidores ya tienen ventaja. Deberíamos redirigir los recursos a la división de energía renovable. Aquí está mi análisis.

Zed no se inmutó, aunque por dentro sintió una mezcla de irritación y algo que no admitiría: orgullo. 

Alberu deslizó la carpeta sobre la mesa pulida, y el silencio en la sala se volvió denso. 

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