LITTLE SECRET- JAMES MCAVOY

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Nunca pensé que la casa de mi mejor amiga terminaría convirtiéndose en mi zona de peligro

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Nunca pensé que la casa de mi mejor amiga terminaría convirtiéndose en mi zona de peligro. No por ella, sino por él. Por su padre. Por James.

Desde el primer día que lo conocí, supe que había algo en él que era... distinto. No era solo que fuera atractivo —aunque lo era, muchísimo más de lo que debería permitirse un hombre de su edad—. Era su forma de observar, de escuchar, de sostener una conversación sin mirar el teléfono, sin distraerse, sin esconder nada. Su manera de hacer que una simple pregunta como "¿cómo te fue hoy?" sonara importante.

Y ese era el problema: James McAvoy hacía que me sintiera vista. Realmente vista.

La primera vez que me miró por más de tres segundos, entendí que había un peligro silencioso en ese hombre. Algo que te envolvía sin pedir permiso.

Algo que no debería haber deseado tanto.

Aquel viernes llegué a casa de mi mejor amiga, lista para ver películas, comer pizza y hablar de todo lo que había salido mal esa semana. Estaba estresada, agotada, saturada... y cuando ella me dijo que se demoraría veinte minutos porque tenía que pasar por una imprenta, casi me fui.

Pero James apareció en el pasillo justo cuando yo estaba por enviar un mensaje para decir "te espero afuera".

—No te vayas —dijo con esa voz grave, serena, un poco ronca—. Quédate. Te preparo un té mientras llega.

Sus ojos claros se clavaron en mí. No eran fríos. Eran gentiles, pero con una profundidad que hacía que mi piel se estremeciera.
Y yo, como una idiota, asentí.

Me llevó a la cocina. Él se movía con una seguridad tranquila, como si lo que hiciera fuera sencillo, pero había algo deliberadamente cuidadoso en cada uno de sus gestos. Su espalda bajo la camiseta gris, sus brazos marcados sin exageración, el cabello algo despeinado...
Todo él emanaba una especie de atractivo silencioso, casi peligroso.

El té estaba humeante cuando lo puso frente a mí. Pero mis manos temblaron ligeramente al tomar la taza.
Él lo notó.

—¿Estás bien? —preguntó acercándose un poco.

—Sí —mentí.

Él levantó una ceja.

—No pareces bien.

—Estoy cansada, supongo.

—Y tensa —añadió con una calma que me ruborizó.

Sus palabras entraron en mí como un toque invisible. Bajé la mirada. Él no desvió la suya.

—Puedes hablar —dijo—. No muerdo.

Mentía.
No físicamente.
Pero sí emocionalmente. De una forma en la que podía desarmarte.

No dije nada. Pero él tampoco insistió. Simplemente se apoyó en la encimera, cruzando los brazos, observándome. Y no sé si fue el cansancio, o la calma que me transmitía, pero respiré un poco más hondo.

Dilfs One ShotsHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora