¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
No lo había visto en meses.
Y aun así, la primera vez que su sombra cruzó la puerta del lugar, mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza. No sé si fue su forma de caminar —lenta, segura, como si todo el mundo estuviera ahí para abrirse a su paso— o la manera en que su mirada se clavó directamente en mí, ignorando al resto como si fueran ruido.
Jeffrey siempre había sido así. Una tormenta contenida. Un peligro que sabía esconderse bajo sonrisas suaves y gestos tranquilos.
Y yo... yo siempre había sido demasiado vulnerable a él.
Me quedé quieta, sin mover un músculo, sin siquiera respirar, mientras él se acercaba. Cada paso era el mismo recordatorio: no has olvidado nada de lo que hicimos. Ni yo. Ni él.
Cuando llegó a mi lado, no dijo "hola". No me preguntó cómo estaba. Solo inclinó la cabeza lo suficiente para que su voz raspada me rozara la oreja.
—Sabía que iba a encontrarla aquí.
Mi estómago se tensó. No por miedo. Por anticipación.
—¿Venía buscándome? —pregunté, aun sabiendo la respuesta.
Él sonrió, esa sonrisa torcida que siempre parece un pecado.
—No vine a buscar a nadie más.
Su mano rozó mi muñeca. Apenas un toque, un contacto mínimo... pero suficiente para despertar todo lo que había intentado enterrar. Eso era lo peor de él: no necesitaba tocarme para derribarme. Nunca lo necesitó.
—No deberíamos volver a esto —susurré, más para mí que para él.
—Puede ser —admitió él, y su voz profunda se volvió un susurro que quemaba—. Pero no cambia que quiera hacerlo.
Jeffrey siempre tomaba la verdad y la decía como un arma. Sin prisa. Sin disculpas.
Salimos del lugar sin planearlo. Simplemente... seguimos el impulso. Como siempre.
Caminamos en silencio hasta mi edificio. Él detrás de mí, lo suficientemente cerca para sentir su respiración en mi cuello. Cada vez que el viento me movía el cabello, sentía sus dedos atrapándolo para apartarlo, como si no pudiera evitar tocarme.
Cuando abrí la puerta de mi apartamento, él no entró. Se quedó apoyado en el marco, mirándome con esa mezcla de adoración oscura y hambre contenida.
—No voy a cruzar si no quiere que lo haga —dijo.
Mentira. Sabía que era mentira. Pero también sabía que necesitaba oírla.