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Nunca pensé que volvería a verlo. Ni aquí. Ni ahora. Ni tan... intacto.
El bar está casi vacío, iluminado por luces ámbar que parecen derretirse sobre las paredes. Estoy apoyada en la barra, jugando con el borde de mi vaso, cuando siento un escalofrío familiar. Ese que me recorrió la primera vez que Su voz se deslizó detrás de mí, años atrás, como una advertencia disfrazada de caricia.
—No sabía que seguía viniendo a este lugar —dice Él.
Su tono es el mismo: grave, controlado, con esa calma que siempre escondía algo más oscuro. Levanto la mirada y ahí está. Tom. Más maduro, más marcado, más peligroso. El tipo de presencia que no se camina... se invade.
Mi pulso me traiciona. Suelo disimular mejor, pero con Él nunca me funcionó.
—No sabía que seguía buscándome —respondo, sin moverme.
Sonríe apenas. No es dulzura. Es reconocimiento. Él sabe exactamente lo que provoca. Siempre lo supo.
Tom se acerca y ocupa el taburete a mi lado como si nunca hubiese dejado de hacerlo. Su perfume es distinto, pero la energía... esa no cambió. Densa. Silenciosa. Atrapante.
—¿Cuánto tiempo? —pregunta, aunque sé que no es curiosidad. Quiere confirmarlo. Quiere saborear mi respuesta.
—Demasiado —le digo—. Pero igual de poco.
Sus ojos bajan a mis manos, a mi pecho, a mi boca. No es descaro ni lujuria superficial. Es posesión. Esa clase de atención que no se busca... se sufre.
—No pensé que iba a afectarle —dice, suave—. Pero lo hizo.
Cierro el vaso. Mi garganta arde, pero no por el alcohol.
—No es eso lo que me afectó —susurro—. Es lo que se llevó cuando se fue.
Tom baja la mirada, y por un momento —solo uno— parece humano. Luego vuelve a ser Él. Ese hombre que sabía cómo tocar sin tocarme. Que sabía cómo quebrarme sin levantar la voz. Que sabía exactamente qué parte de mí se quedaba aunque yo me fuera.
—No funcionábamos —dice, aunque su voz tiembla apenas—. Nos devorábamos.
—Y sin embargo está aquí —respondo—. Otra vez.
Su respiración se agita. La mía se pierde.
Tom se inclina un poco. No me toca, pero siento Su sombra rozarme. Su cercanía tiene la misma fuerza que un agarre firme. Su presencia siempre fue así: un imán áspero.
—Sigo sin poder olvidarle —confiesa, como si le arrancaran las palabras.
Mi pecho se comprime. Lo supe. Lo intuí. Pero escucharlo duele de una forma extraña... adictiva.
—Eso no significa que debamos repetirlo —le digo, aunque Su proximidad está rompiendo cualquier defensa que pensé tener.