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No debería estar aquí. Nos prometimos que no volvería a pasar.
Aun así, estoy frente a la puerta de su departamento con las manos heladas y la garganta seca, como si tuviera veinte años menos y estuviera a punto de cometer un pecado. La ironía es que no soy yo la mayor aquí. Lo es él. Él es el profesor. Él es el que sabe mejor.
Y aun así fue él quien me pidió que viniera.
Cuando Jake abre la puerta, siento exactamente lo mismo que sentí la primera vez que nos desbordamos: ese tirón suave pero inevitable que aparece en el centro del pecho. Ese "no" que siempre va vestido de "sí".
—Pasa —dice, igual de tranquilo que siempre. Esa voz baja. Ese autocontrol que oculta demasiado.
Cruzo el umbral. La última vez que estuve aquí... No deberíamos haber estado juntos. Pero pasó. Una sola vez. Una vez suficiente para marcarnos y suficiente para destruirnos si lo repetíamos.
Por eso lo evitamos. Por eso fingimos. Por eso nos convertimos en "amigos".
Jake cierra la puerta, y el sonido me golpea la espalda como un recordatorio de que no hay escapatoria fácil.
—¿Por qué estoy aquí? —pregunto, aunque sé que él necesita ser quien lo diga.
Jake se queda en silencio unos segundos. Ese silencio suyo siempre ha sido una carga. Él habla despacio cuando teme perder el control.
—Porque hoy... —su voz se quiebra apenas, casi imperceptible— vi algo que no debería importarme.
Mis mejillas arden, pero no por culpa. Por lo que él no dice. Por lo que sé que está sintiendo y no admite.
—Lo del jugador —murmuro.
Jake aprieta la mandíbula. No responde. Esa es la respuesta.
—No era lo que parecía —añado rápido, porque odio que lo piense. Odio que le duela.
Él levanta la mirada. Y ahí está. Esa chispa. Esa condena mutua. Ese reconocimiento silencioso de la única vez que perdimos la cordura y lo obsesivo que fue intentar olvidarlo.
—Parecía que te estaba besando —dice él, con una calma que es demasiado perfecta. Falsa. Tensa.
—No me besó. —Se inclinó demasiado cerca. —Y yo me aparté. —Tarde —contesta él.
Mi pulso se acelera. No de vergüenza. De rabia dulce. De algo parecido a... posesividad. La misma que veo escrita en los surcos de la frente de Jake.
—¿Por qué te importa tanto? —pregunto, aunque es una crueldad obligarlo a decirlo.
Él ríe sin humor. Baja la mirada por un segundo, como si buscara donde esconder lo que siente.