El Muro

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Gimnasio Privado del Penthouse "Torre de la Paz" – Dos semanas antes del examen

El aire olía a sudor, hierro y ozono. Izuku Midoriya estaba tumbado en el banco de prensa, sus brazos temblando bajo el peso de una barra que habría aplastado a un civil normal. Las venas de su cuello y frente estaban marcadas como ríos en un mapa topográfico.

Sombra: (Gritando mientras revisaba un holograma flotante) ¡No te atrevas a parar! ¡Sube esa barra! ¡Arriba!

Izuku: (Gruñendo, empujando con un grito ahogado) ¡Ghhhaaaa!

El metal chocó contra el soporte. Izuku se dejó caer, jadeando como si acabara de correr un maratón sin oxígeno. Sombra no le dio una palmadita en la espalda. Le puso un batido viscoso y verde frente a la cara.

Sombra: 1200 calorías. Bébelo. Ahora. Tienes una ventana anabólica de quince minutos.

Izuku: (Con ganas de vomitar) Sombra... por favor... ya no me cabe más comida... siento que voy a explotar.

Sombra: (Con los ojos fríos, tecleando furiosamente) Mejor que explotes de comida a que explotes de energía, idiota. Tu densidad ósea ha subido un 0.4% esta semana. Es patético. Si el One For All sube al 20%, tus húmeros se convertirán en polvo de tiza. ¡Bebe!

Izuku bebió, obediente pero miserable. Sombra se giró para que no la viera. Sus propias manos temblaban. No era crueldad; era pánico matemático. Ella había visto los números. Sabía que Izuku era un Ferrari con el chasis de un Twingo. Se estaba convirtiendo en un Atlas, cargando el peso de la supervivencia de él sobre sus propios hombros.

Azotea de la Torre – Esa misma noche

Izuku estaba en su escritorio, rodeado de libros de leyes de héroes. Sus piernas rebotaban nerviosamente. El nivel de cortisol en su sangre estaba tan alto que estaba empezando a comerse el músculo que tanto le costó ganar.

¡Zweeee!

Un destello azul iluminó la habitación. Antes de que Izuku pudiera decir "hola", sintió una mano en su nuca y el mundo se desdibujó.

Izuku: ¡¿Waaah?!

Un segundo después, estaba sentado en el borde de la azotea, con las piernas colgando sobre las luces de la ciudad de Tokio. El viento nocturno le golpeó la cara, limpiando el olor a libros viejos. A su lado, Tracer estaba balanceando los pies, sosteniendo dos helados de paleta baratos que claramente acababa de robar (o pagar muy rápido) de una tienda de conveniencia.

Tracer: (Dándole uno de limón) Tiempo fuera, luv. Tu cerebro sonaba como una tetera hirviendo. Se escuchaba hasta mi cuarto.

Izuku: (Tomando el helado, aun aturdido) Lena... tengo que estudiar... Sombra dice que si no descanso 8 horas exactas mi recuperación muscular...

Tracer: (Lamiendo su helado) Sombra sabe de números, pero no sabe de cabezas. Si sigues así, vas a ser el cadáver más musculoso del cementerio. Tracer le sonrió, esa sonrisa brillante que desafiaba cualquier lógica temporal. Tracer: ¿Te conté la vez que Winston intentó hacer mantequilla de maní casera y casi crea un agujero negro en la cocina?

Izuku parpadeó. Y luego, soltó una risita. La risita se convirtió en una carcajada cuando Tracer empezó a imitar los gruñidos del gorila científico. Por primera vez en el día, los hombros de Izuku bajaron. Dejó de ser el "Recipiente del Poder". Volvió a ser solo un chico de 16 años comiendo helado con su amiga.

Desde las cámaras de seguridad del laboratorio, Sombra observaba la escena en silencio. Vio los biométricos en su pantalla: Ritmo cardíaco estable. Cortisol bajando. Serotonina subiendo. Sombra apagó el monitor, recostándose en su silla. 

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