En cuanto pusimos un pie en la gran e imponente mansión, no tardó mucho en recibimos un hombre de estatura algo elevada, vestido con un traje negro hecho a medida, impecablemente cuidado y planchado, y unos zapatos negros perfectamente lustrados que, sin duda, costaban muchísimo más que el salario de una persona promedio.
Su rostro era serio; tenía unos ojos tan penetrantes que parecían escrutarnos hasta el fondo del alma. Frunció el ceño y mantuvo los labios apretados en una fina línea recta. Cuando habló, su voz clara y serena nos provocó un leve escalofrío que recorrió toda la columna, y sentimos cómo nuestros hombros se tensaban de forma instintiva.
—Agentes... qué agradable sorpresa —dijo con tono firme, mirándonos y analizándonos con cada movimiento, como si estuviera buscando el punto débil desde el cual atacar, por si la conversación llegara a tomar un mal rumbo. Le sostuve la mirada un instante, desafiante y tranquila a la vez, y después volví la vista hacia Valeria: ella tenía los ojos fijos en la casa, observándolo todo sin perder detalle. No dijimos nada y nos encaminamos juntos hacia la entrada. Una enorme puerta de madera pulida, con acabados en oro que hacían resaltar la calidez y el tono profundo de la madera, se abrió ante nosotros.
Al entrar en el amplio salón, escuchamos de inmediato la voz chillona y autoritaria de una mujer. Ya nos hacíamos una idea de quién era: aquella voz sonaba todo menos amable. Los gritos no eran simples reclamos; cada palabra estaba cargada de intención de humillar y herir a quien estaba soportando aquel berrinche descontrolado.
Cuando por fin apareció, nuestras sospechas se confirmaron: era la señorita Emma Davis, la hija del señor Davis. Una joven de unos veinte años, de complexión delgada, con el cabello largo, bien cuidado y de un castaño profundo, tez blanca y unos ojos verdes que parecían brillar con su propia luz. En sus manos sostenía un teléfono móvil de último modelo, y su vestimenta era la de cualquier chica de su edad: una falda negra, un suéter de tono café y unos tacones negros. Su maquillaje era impecable, cada detalle pensado para proyectar perfección y desdén a la vez. Al vernos, simplemente nos miró y rodó los ojos con un gesto de fastidio, como si nuestra presencia fuera un mal chiste del que ella no tenía ninguna gana de reírse. Tras aquella clara demostración de que no éramos bienvenidos, volvió a mirar su pantalla y siguió tecleando con rapidez, ignorándonos por completo.
—Emma, cariño, veo que ya conoces a los agentes —mencionó el señor Davis con un tono genuinamente afectuoso hacia su hija. Ella lo miró y le dedicó la sonrisa más forzada y vacía que jamás hubiera visto en toda mi vida: una sonrisa que no llegó en absoluto a sus ojos.
—Ajá, sí, bueno... nos vemos. Adiós, papá —dijo ella sin añadir nada más. Subió las grandes escaleras de mármol y se perdió por el pasillo, dejándonos solos en el salón. El silencio cayó de golpe, y solo pude carraspear para intentar disipar esa sensación incómoda que se había apoderado del ambiente.
—Señor Davis, gracias por recibirnos a mí y a mi compañera. No le quitaremos mucho tiempo. Como usted ya sabe, hace unos días lamentablemente encontraron muerta a Charlotte Brown en su departamento, y nosotros queríamos hacerle unas cuantas preguntas —dije sin rodeos, yendo directo al grano, pues ya habíamos perdido tiempo valioso de la investigación.
—No me agradezcan. Es verdaderamente lamentable lo que le ocurrió a esa joven; tan joven, tan llena de sueños... Lo lamento profundamente. Espero que su padre se encuentre bien, pobre hombre. No logro imaginar lo horrible que debe sentirse al perder a su única hija —dijo con un tono de voz cargado de pesar, y por un instante, su mirada severa se suavizó, revelando una tristeza genuina que no esperábamos encontrar en él.
—Si lo es... es verdaderamente lamentable —dije, asintiendo con tono serio y profesional—. Pero dígame, ¿mantenía usted una relación cercana con la víctima? —Lo miré fijamente a los ojos, esperando captar cualquier reacción, cualquier destello que pudiera revelar más de lo que sus palabras decían. A mi lado, Valeria sacó con calma su cuaderno de notas y su bolígrafo, y comenzó a escribir con atención cada palabra que él pronunciaba, registrando hasta el más mínimo detalle que pudiera servirnos para avanzar con la investigación.
Pasaron unos segundos de silencio, unos instantes en los que pareció perderse en sus propios recuerdos, como si la pregunta lo hubiera llevado años atrás, a un tiempo muy distinto al presente. Finalmente, con la voz suave y cargada de una tristeza que no intentaba ocultar, respondió.
—Charlotte era una joven excepcionalmente talentosa... siempre fue una niña alegre, con una luz que iluminaba cualquier habitación en la que entrara. Y servicial, siempre dispuesta a ayudar a quien lo necesitara, sin esperar nada a cambio. No logro comprenderlo... no entiendo por qué alguien habría de acabar con la vida de una chica como ella. No merecía, en absoluto, un final tan trágico. Jamás hizo daño a nadie, ni siquiera a quienes podrían haberle sido hostiles. Era bondadosa, sencilla... su vida era tan normal, tan llena de sueños y planes, como la de cualquier joven de su edad. No había razón, no había motivo... —Su voz se quebró levemente al pronunciar las últimas frases, y sus palabras sonaban tan sinceras, tan profundamente melancólicas, que no parecían dichas por un hombre que hablaba de la hija de su rival, sino por alguien que realmente la conocía, que la había visto crecer, y que sentía su pérdida como algo propio.
Me tardé unos segundos en responder, observándolo con atención. Podía notar cómo intentaba evitar el contacto visual, desviando la mirada hacia un cuadro de la pared o hacia el suelo, como si no pudiera aguantar la intensidad de la mía. Solo su mano revelaba su verdadero estado: un pequeño tic nervioso en el dedo meñique, que se movía repetidamente sin que él se diera cuenta. Estaba nervioso. Había visto este tipo de situaciones durante muchísimos años de investigación, y casi siempre terminaban en algo horrible en secretos ocultos, en mentiras que se desmoronaban, en verdades que nadie quería escuchar. Pero algo no cuadraba. Volví a recapitular su respuesta en mi mente, palabra por palabra, y me di cuenta de algo crucial: en ningún momento había respondido a mi pregunta. Y aún así, había logrado describirme a la perfección la personalidad de Charlotte, con detalles que solo alguien cercano podría conocer. Eso me llevaba a una única conclusión: las dos familias sí eran cercanas, en algún momento o en algún modo. Pero entonces... ¿por qué todos dicen que son rivales?
Me recompuse con un esfuerzo consciente, enderezando la postura y recuperando el tono firme y profesional que me define. Sin dejar traslucir la inquietud que se agitaba en mi interior, continué con la ronda de preguntas, avanzando con método y precisión por cada punto de la investigación. Sin embargo, algo en el fondo de mi mente, una intuición forjada en años de servicio, me decía con absoluta claridad que esta no sería ni la primera ni la última vez que cruzaríamos el umbral de esta mansión. Había demasiado silencio, demasiadas cosas no dichas, demasiadas miradas evitadas como para creer que este encuentro fuera el único.
Al dar por terminado el interrogatorio, el señor Davis nos acompañó hasta la enorme puerta de madera pulida con acabados en oro, manteniendo una compostura impecable y una amabilidad medida que ya no lograba engañarme. Nos despidió con un gesto cortés y un deseo de buen día que sonaba educado, pero hueco, como si hablara por compromiso y no por sinceridad. Al traspasar el umbral y sentir el aire fresco de la tarde sobre el rostro, subimos al vehículo en silencio. Me giré hacia Valeria y, en ese instante, sin necesidad de pronunciar una sola palabra, ella me devolvió una mirada en la que vi que lo había comprendido todo: la tensión, la evasión, el secreto que pesaba sobre esa casa... lo había captado tan claramente como yo.
Tragué saliva, sintiendo el nudo que aún se resistía a desaparecer de mi garganta, y con voz firme, segura y decidida la voz de quien ya no tiene dudas sobre el camino a seguir,dije en voz baja pero con peso.
—Mantengámoslo vigilado. Algo no me cuadra... y no pienso dejarlo pasar por alto.
Tras pronunciar esas palabras, me incliné hacia el retrovisor y fijé la vista en la imponente fachada de la mansión por última vez. El silencio del vehículo se rompió en el instante en que giré la llave y el motor despertó con un rugido profundo, un estruendo que parecía sacudir la calma fingida de ese barrio exclusivo. Pisé el acelerador y el auto comenzó a avanzar, alejándonos lentamente de ese lugar.
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te odio pero besame..
Fiksi PenggemarDos personas que se odian unidas por un mismo destino..
