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capítulo xviii. una maldición bajo tierra
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Seis años atrás
Andrea Labonair existía en las mitades: no era un lobo, pero tampoco un vampiro; no estaba pérdida y aun así no pertenecía a un solo lugar. Su vida sería perenne pero ya estaba muerta. La inmortalidad le regaló —o maldijo, dependía de su humor— un existencialismo al que su corazón sucumbía en ocasiones. ¿Por qué no podía tenerlo todo? Andrea distaba de ser ambiciosa, pues su beneficio solo era una añadidura, más, preguntarse por qué el universo parecía dar y quitar le causaba recelo. Nunca se consideró creyente, y sí Dios existía, los muertos que cargaba y su naturaleza ciertamente le habían costado la entrada al cielo. Miró su anillo. ¿No era irónico prometerse bajo la promesa de un Dios al que ni ella ni su prometido creían? El simbolismo era enternecedor y para ellos, verdadero. La muerte ya los había intentado separar y Andrea sabía, que lo volvería a hacer en algún momento. Sus creencias no daban pie a la reunión de almas porque en la naturaleza todo debe morir. Comenzó meramente por evolución y se tornó en una estrategia política. Importaba, sobre todo, la vida y el compartir un solo corazón.
—Sé qué no es lo ideal... —Andrea hizo formas sin sentido en el pecho de Elijah.
Elijah cortó su oración al besar su coronilla.
Claro que le pesaba no tener a su familia reunida en un día especial, más, tampoco le quitaba el sueño. Elijah ya había entendido que su vida tan longeva tenía el regalo de oportunidades casi infinitas. Confiaba plenamente en la inteligencia de Freya y en su cruzada de encontrar una manera de reunirlos una vez más. Elijah tomó la mano de Andrea y besó el dorso y la palma, porque le encantaba hacerlo y hace tiempo, ya había descubierto que le calmaba en cierto grado.
Andrea alzó la vista con una media sonrisa.
—Es nuestro ideal ahora —la voz de Elijah salió ronca e íntima—. Y tendremos miles de esos en nuestro futuro.
Así pues, cuando Andrea invitó a Mary a Manosque lo hizo con más de una intención. El verla, más allá de una pantalla, hizo que su corazón se sintiera grande y las ganas de abrazarla le golpearon como una ola. Cualquier pensaría que tenían más de un año sin verse, y Andrea misma no entendió porque la melancolía la azotó con tanta fuerza y no perdió tiempo dándole vueltas a ello. Después de un viaje de casi dieciséis horas, Andrea dejó descansar a Mary en la habitación de invitados.