Pared

12 0 0
                                        



Un grito agudo y desconsolado desgarra el silencio de la noche.

El sonido me golpea el pecho como una descarga eléctrica, sacándome violentamente del sueño. Me incorporo en la cama con el corazón desbocado, la respiración entrecortada y el eco del alarido perforándome los oídos. Es la voz de mi hija.

Me despojo de las sábanas y corro por el pasillo a oscuras, guiado únicamente por el pánico primitivo de un padre. Al empujar la puerta de su habitación, la escena me hiela la sangre. Temblorosa, con la mirada perdida y empañada de lágrimas, la pequeña permanece inmóvil al pie de su cama, paralizada como una estatua mientras balbucea de manera ininteligible y señala con su mano la pared.

—Cariño... ¿qué pasa? —susurro, cayendo de rodillas a su lado.

Su piel está helada, húmeda por un sudor frío. No me mira; ni siquiera parpadea. Sus ojos, desorbitados y fijos, están clavados en la superficie lisa de la pared, justo en el espacio vacío al lado de su armario. Su dedo meñique tiembla sin control mientras sigue apuntando al yeso. De sus labios solo escapan sílabas inconexas, un balbuceo pastoso y asfixiado que suena a una súplica desesperada.

Trato de girar su rostro hacia mí, de protegerla contra mi pecho, pero su cuerpo está rígido, petrificado por un espanto que va más allá de mis límites.

Acerco mi oído a su boca, intentando descifrar el murmullo entre sus sollozos.

—No la mires... —logra articular finalmente en un hilo de voz, con una madurez terrorífica que no pertenece a una niña de seis años—. Si la miras... sabe que puedes verla.

Un escalofrío atroz me recorre la espina dorsal. Giro la cabeza lentamente hacia el muro. Estiro la mano y enciendo la lámpara de la mesita de noche. La bombilla parpadea un par de veces, quejándose, antes de inundar el cuarto con una luz amarillenta y mortecina.

La pared de yeso parece completamente normal. No hay grietas, no hay humedad, no hay nada.

—No hay nada ahí, mi amor. Solo fue una pesadilla —le digo, intentando forzar una voz de calma que se desmorona en mi propia garganta.

Pero mi hija no se mueve. Y el silencio de la madrugada se vuelve tan denso que casi puedo escuchar mis propios latidos.

Es entonces cuando lo noto.

La luz de la lámpara proyecta mi propia sombra sobre la pared. Una silueta oscura, perfectamente definida. Sin embargo, justo al lado de mi sombra, donde solo debería haber yeso vacío... hay otra silueta. Una sombra alta, delgada, con extremidades anormalmente largas que no corresponden a ningún mueble de la habitación.

El estómago se me revuelve. Intento convencerme de que es un juego de luces, una mala pasada de mi cerebro cansado. Muevo mi brazo izquierdo para comprobarlo. Mi sombra en la pared imita el movimiento de inmediato.

Pero la otra sombra no se mueve. Se queda estática, acechando.

Conteniendo la respiración, abrazo con más fuerza a mi hija, sin apartar los ojos de esa mancha oscura. Y entonces, el verdadero terror se desata: la extraña sombra en la pared empieza a despegarse del muro. El contorno negro cobra volumen, saliendo de la bidimensionalidad del yeso, proyectándose hacia adelante, hacia el suelo de la habitación... hacia nosotros.

La bombilla de la mesita de noche estalla, sumergiéndonos de golpe en una oscuridad absoluta. Y en medio de la negrura, a escasos centímetros de mi rostro, escucho un suspiro largo, helado y pesado que huele a tierra húmeda.

La pared no era el escondite. Era la puerta.

EN LA OSCURIDAD Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora