Todavía podía sentir el eco del zumbido en mis oídos. El estado de shock es una neblina densa que te aísla del mundo, un mecanismo de defensa que el cerebro activa cuando la realidad es demasiado atroz para ser procesada.
Varios policías nos escoltaban en silencio por el pasillo de la comisaría hacia el despacho del inspector. Detrás de mí, arrastrando los pies, iban las otras dos víctimas. Los agentes los habían envuelto en mantas térmicas de color plateado, de esas que crujen con cada paso, un intento casi digno de ocultar su desnudez y la humillación que llevaban tatuada en la piel.
Nos hicieron pasar a un despacho gélido, donde el olor a tabaco rancio y café frío impregnaba las paredes. En el centro destacaba una mesa grande de melamina barata que pretendía imitar la textura del roble, rodeada por tres silloncitos de un estilo indeterminado y desgastado. Presidiéndolo todo, un retrato desmesuradamente grande del rey nos observaba con una solemnidad que en ese momento me pareció grotesca.
El inspector se dirigió a mí. Supongo que lo hizo porque yo era el único que llevaba ropa, el único que no tiritaba de frío, y porque los rasgos de cordura todavía se asomaban, a duras penas, por mi rostro. A mi derecha se encontraba el otro hombre. Tenía el cabello enmarañado y una barba extremadamente larga, costrosa de suciedad; su mirada estaba completamente ausente, fija en algún punto invisible del suelo, como si una desgracia demasiado pesada le impidiera reconocerse a sí mismo. Al otro lado, la mujer intentaba encogerse sobre sí misma, aferrando la manta contra su pecho para ocultar sus vergüenzas, mostrando un rostro ensombrecido, petrificado por un pánico que tardaría años en disiparse.
—Tranquilo... calma... —dijo el inspector. Su voz era un murmullo pausado, acostumbrado a tratar con náufragos de la vida. Me miró con unos ojos grises y acuosos, cargados de ojeras profundas que dejaban entrever lo mucho que habían visto—. Respire hondo y cuénteme... cuénteme qué fue lo que realmente sucedió allí dentro.
Tragué saliva. Sentía la garganta seca, como si hubiera tragado arena. Mi relato comenzó a salir entrecortado, interrumpido por los espasmos del miedo y las pausas inevitables que me producía el peso de los recuerdos. Fue, más o menos, el siguiente:
Me gusta el coleccionismo, inspector. Particularmente los relojes de todo tipo; me obsesiona la idea de capturar el tiempo en una caja de engranajes. Como casi cada sábado por la mañana, me dirigí a los mercaderes de los Encantes, ese rincón donde el pasado se vende al mejor postor. Buscaba piezas singulares, rarezas que los demás pasaran por alto.
Me paré delante de un escaparate atiborrado. Había relojes de todas las clases imaginables: de bolsillo con tapas gastadas, de pulsera con correas agrietadas, pesados relojes de péndulo y elegantes piezas de salón. Fue en ese momento cuando lo vi.
Era un individuo más bien alto, delgado, de pelo entrecano y con la espalda algo encorvada, como si cargara con un peso invisible. Se apoyaba en un bastón de madera maciza, bastante grueso, que utilizaba para compensar una cojera evidente en su pierna derecha. Lo observé fijamente. El hombre ya le había echado el ojo a una pieza magnífica: un reloj de péndulo de líneas limpias, de un marcado estilo Art Decó. La caja era de una madera oscura de palisandro, cuyas vetas onduladas hacían resaltar con una elegancia hipnótica la esfera blanca y limpia del reloj. No fue lo único que compró; vi cómo pagaba también por dos relojes de bolsillo de marcas reconocidas. Me pareció distinguir el logo de un Longines antiguo entre sus dedos largos y huesudos.
Sea como fuere, en medio de la multitud de los Encantes, creí estúpidamente que era un ser afín a mí, otra alma solitaria obsesionada por el tic-tac de los objetos antiguos. Así que, venciendo mi timidez natural, inicié una conversación.
—Le he de decir que comparto su excelente gusto en las tres piezas que ha elegido —le comenté, señalando con la cabeza el mostrador.
El hombre se tomó su tiempo para responder. Giró lentamente la cabeza, me miró de arriba abajo con unos ojos oscuros, inexpresivos, y luego una ligera sonrisa curvó sus labios finos.
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EN LA OSCURIDAD
Mistério / SuspenseUn grito agudo y desconsolado desgarra el silencio de la noche. Temblorosa, con la mirada perdida y empañada de lágrimas, la pequeña permanece inmóvil al pie de su cama, paralizada como una estatua, mientras balbucea de manera ininteligible y señala...
