Oscuridad

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No debo dormirme. No. Él acecha. Vendrá como todas las noches. Noches interminables de un terror que se me mete bajo las uñas.

Escucho sus pasos. Esos malditos pasos en la oscuridad. Es una negrura de ultratumba, densa, pesada, que parece ahogar y absorber todos los demás sonidos de la ciudad.

No estoy loco. No. Mi psiquiatra se equivoca por completo. El loco es él si cree que voy a doparme con sus pastillas para bajar la guardia. Mis compañeros de trabajo, mi familia, mis pocos amigos... Todos. Todos piensan que he perdido la cabeza, que tengo que conseguir conciliar el sueño, que debo dormir. Locos. Idiotas. Si me duermo, él se encargará de que mi próximo despertar sea en el infierno.

Todas las noches vivo la misma paralizante agonía. Cada noche, atrapado en mi cama, puedo oír cómo cruje el piso de la entrada. Viene desde el pasillo, avanzando a través de la impenetrable negrura de mi casa. Un paso... y el silencio eterno. Otro paso... cada vez más cerca. Más cerca. Aterradoramente más y más cerca de mi dormitorio. El aire empieza a congelarse; puedo ver el vaho de mi propia respiración flotando en el cuarto.

Esta noche la distancia se ha reducido. Casi puedo oír el silbido rasposo de su respiración exterior, mientras yo no me atrevo sino a permanecer quieto, estúpida y ridículamente quieto. En un silencio absoluto. Fingiendo que ya soy un cadáver para ver si pasa de largo.

Lleno de un pavor que me revuelve el estómago, oigo el sonido más temido: el metal del pomo de la puerta girando milímetro a milímetro. La puerta se abre casi en un susurro, arrastrándose pesadamente. Cierro los ojos con fuerza. Me duelen los párpados de tanto apretarlos. No me atrevo a mirar.

Oigo sus pisadas ya dentro de mi habitación, sobre la alfombra. Se dirige despacio, disfrutando mi tortura, hacia el borde de mi cama. El corazón me golpea el pecho con tanta fuerza que temo que la criatura lo escuche. No me atrevo ni a respirar. De pronto, el ambiente se vuelve insoportable. Siento su fétido y helado aliento, con un rancio olor a descomposición, golpeando directamente mi rostro.

Voy a gritar. Mi garganta se desgarra por dentro. Pero sobre todo, mi alma le suplica a mis ojos que por favor se mantengan cerrados. Que no lo miren. No. Pero la carne es débil, el instinto es traicionero... y los abro. Una silueta deforme y unos ojos que no reflejan luz es lo último que graba mi retina.

La vecina de la casa contigua a la del difunto solloza, temblando bajo una manta, mientras termina su declaración a los agentes de policía. Las luces rojas y azules de la patrulla y la ambulancia se mezclan en una discordancia luminosa que rasga la oscuridad de la calle. El cadáver, cubierto misericordiosamente por una sábana blanca, se enfría en silencio sobre la camilla mientras la pobre mujer afirma entre lágrimas:

—Nunca podré olvidar ese horrible grito, ese escalofriante alarido. Jamás. Parecía que le estaban arrancando el alma.

EN LA OSCURIDAD Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora