Raramente duermo solo. Y no es que tenga otra opción en el asunto. Cada noche comienza de la misma manera y, para el caso, siempre termina igual.
Sigo una rutina estricta, casi religiosa. Camino hacia el baño con el cuerpo arrastrándose por el cansancio, saco dos pastillas para dormir del frasco de vidrio, me quito los calcetines y me meto entre las sábanas heladas esperando el olvido. A estas alturas, ni siquiera sabría decir por qué sigo tomándolas; las píldoras ya no me hacen ningún efecto. Mi torrente sanguíneo parece haberse vuelto inmune a los químicos, devorando los sedantes como si fueran agua. Supongo que soy una criatura de hábitos. Pero claro, ella también lo es.
Podría decirse que nos hemos vuelto inseparables. No es que yo lo haya planeado de esa manera, pero es la realidad que me toca respirar. Todas las noches me acuesto a esperar en la penumbra, con los ojos fijos en el techo, y todas las noches, sin falta, el aire de la habitación se fractura.
No importa cuántos miligramos de sustancias recetadas me meta al cuerpo para obstruir mis sentidos; siempre puedo sentir el segundo exacto de su llegada. El ambiente del dormitorio se vuelve denso, gélido, y un silencio ensordecedor empieza a zumbar en mis oídos. A veces se manifiesta solo como una cara flotante en la penumbra; otras veces, muestra un torso espantoso, irregularmente reordenado, como si sus huesos y su carne hubieran sido triturados y mal ensamblados después de romperse. No sabría decir qué es peor: si su expresión de odio absoluto con los ojos desorbitados y fijos, o esa mirada delirante de alegría maligna salpicada en sus facciones retorcidas.
Ella también tiene sus propios ritmos. A veces se desliza de un lado a otro de la cama, suavemente, como si flotara sobre una cinta transportadora invisible, suspendida a unos centímetros del suelo. Pero lo que me destroza los nervios son sus ojos. Esos ojos inyectados en rabia que nunca, ni por una fracción de segundo, se apartan de los míos.
Sin embargo, las noches verdaderamente insoportables son aquellas en las que esa criatura arrastra su anatomía deforme hasta mi colchón. Se inclina sobre mí, quedando cara a cara, a escasos centímetros de mis ojos. Abre los labios de par en par, imitando de forma grotesca mi propia reacción de horror. Se burla de mi parálisis, obligándome a respirar el vaho helado que emana de su boca vacía. Es un espanto que escapa a cualquier descripción humana.
En ese punto, el miedo inunda cada uno de mis músculos y el instinto primitivo de supervivencia me obliga a reaccionar. Me enderezo de golpe en la cama, impulsado por una descarga salvaje de adrenalina, desesperado por escapar, por correr hacia la puerta del dormitorio y dejar atrás esta maldición. Pero nunca lo logro. Jamás he podido cruzar ese umbral.
A mitad de camino, las piernas me fallan por completo, se vuelven de gelatina y caigo con un golpe seco contra el suelo, quedando reducido a un montón de carne temblorosa junto al cajón de la cómoda. Me quedo ahí tirado, atrapado en mi propia debilidad, arañando la madera. Y es entonces cuando ella se arrastra desde la cama, se arrodilla a mi lado con una lentitud tortuosa, frunce sus gruesos labios morados, pastosos por la muerte, y se inclina para susurrarme al oído.
Pero esta noche, algo fue diferente.
Esta noche el dolor en mi pecho era real. Mientras yo temblaba en el suelo, ella no me maldijo, ni me repitió su letanía de siempre. Esta noche me miró con una lástima infinita, casi maternal. Estendió sus dedos fríos y rígidos, me acarició la frente con suavidad y susurró algo que me congeló el alma:
—¿Todavía no lo entiendes? No puedes cruzar esa puerta porque no hay ninguna puerta. No hay pastillas, no hay cómoda, no hay ninguna casa.
Parpadeé, desconcertado, mientras la realidad empezaba a desmoronarse a mi alrededor. El suelo de madera desapareció, las paredes de mi habitación se disolvieron y el peso del frío se transformó en una humedad sofocante.
Al abrir los ojos del todo, me encontré en un lugar completamente distinto. Ya no estaba en mi dormitorio. Estaba atrapado en el asiento trasero de un coche destrozado y sumergido en el fondo de un lago oscuro. El agua turbia se colaba por las rendijas de las ventanas rotas. A mi lado, en el asiento del conductor, el cuerpo de ella flotaba levemente, atrapado por el cinturón de seguridad, con el rostro vuelto hacia mí.
Tenía los mismos labios morados. La misma mirada fija.
Mis pulmones ardían, desesperados por un oxígeno que ya no existía. Las pastillas que me tomaba cada noche en mi mente no eran para dormir; eran el recuerdo borroso del frasco que me tragué antes de arrancar el motor y lanzarnos al vacío. No era un fantasma que entraba a mi habitación; era su cadáver atrapado conmigo en el metal retorcido, obligándome a revivir nuestros últimos minutos en el fondo del agua, una y otra vez, por el resto de la eternidad.
Llené mi boca de agua helada, cerré los ojos y me preparé para que el bucle comenzara de nuevo.
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EN LA OSCURIDAD
Mystery / ThrillerUn grito agudo y desconsolado desgarra el silencio de la noche. Temblorosa, con la mirada perdida y empañada de lágrimas, la pequeña permanece inmóvil al pie de su cama, paralizada como una estatua, mientras balbucea de manera ininteligible y señala...
