Sucias

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No puedo decir con certeza el momento exacto en que me di cuenta de que mis manos estaban sucias. Supongo que la mente bloquea el detonante como un mecanismo de piedad. Solo sé que un día, mientras sostenía una taza de café, bajé la mirada y las observé.

Visualmente estaban impecables. La piel tenía su tono habitual, las uñas estaban recortadas. Pero se sentían sucias. Había un peso pastoso en las palmas, una textura invisible y asquerosa que se adhería a mis huellas dactilares como si hubiera estado escarbando en la tierra de un cementerio. Una capa de culpa táctil que ponía los pelos de punta.

Así que hice lo que cualquiera hace cuando siente las manos sucias: fui a lavármelas.
Entré al baño de mi casa, abrí el grifo y dejé correr el agua hasta que el vapor empañó el espejo. Metí las manos bajo el chorro, usando el agua más caliente que mi cuerpo pudo soportar. La piel se me puso roja, hirviendo, pero la sensación de impureza ni se inmutó. Añadí jabón líquido. Refregué con fuerza, una y otra vez, hasta que la espuma blanca cubrió mis muñecas. Al enjuagarme, la pesadez seguía ahí, incrustada bajo los poros.

Esa noche fue un infierno. No podía soportar la idea de que mis manos, cargadas con esa inmundicia invisible, rozaran mi rostro o mis sábanas mientras dormía. Tuve que hurgar en los cajones hasta encontrar unos guantes de tela blanca. Me los puse, apretando las muñecas, y me metí en la cama con los brazos rígidos a los lados del cuerpo, sintiéndome como un cadáver en su ataúd.

Al día siguiente, la paranoia se había vuelto insoportable. Llamé al trabajo aduciendo que estaba enfermo; la sola idea de tocar el teclado de la oficina o saludar a alguien me revolvía el estómago. Conseguí una cita de urgencia con el médico de cabecera. Pensé que él tendría una explicación científica, que tal vez se trataba de una extraña dermatitis, una bacteria desconocida, algo que pudiera extirpar de mi piel.

El doctor me escuchó en silencio. Mientras yo hablaba, atropellando las palabras por la ansiedad, él asentía mecánicamente, anotando líneas indescifrables en su bloc de notas sin mirarme a los ojos. Cuando terminé, dejó el bolígrafo sobre el escritorio y suspiró con esa condescendencia médica que resulta insultante.

Por supuesto, no me dijo que estaba loco; era demasiado educado y profesional para usar esa palabra. En su lugar, me lanzó un diagnóstico de tres letras, un acrónimo frío que pretendía encerrar mi angustia en una casilla mental, y me sugirió, con una sonrisa ensayada, que pidiera cita con un psiquiatra.

—Doctor, usted no lo entiende —le supliqué, mostrando mis palmas temblorosas—. No hay nada malo en mi cerebro. No es una idea fija. Es físico. Están sucias. Huelen a... huelen a lo que pasó. Siento la costra en la piel.

Pero él ya no me escuchaba. Ya me había puesto la etiqueta de enfermo mental. Me recetó unos ansiolíticos y me despidió con un apretón de manos que me hizo querer gritar.

De eso hace ya tres semanas. Tres semanas de un descenso continuo hacia el vacío.
Mis manos todavía no están limpias. He intentado absolutamente todo lo que una mente desesperada puede maquinar. Pasé del jabón de tocador al lavavajillas; del lavavajillas al alcohol industrial; del alcohol a los cepillos de cerdas plásticas con los que refregué mi piel hasta arrancarme las primeras capas. Ahora, mis manos están cuarteadas, abiertas en surcos vivos por donde supura un líquido transparente mezclado con sangre.

Me duele horrores escribir esto. Cada vez que mis dedos presionan una tecla o sostienen el bolígrafo, las heridas se abren un poco más, dejando manchas rojizas sobre el papel. Mis manos rotas y ensangrentadas se ven monstruosas a la vista de cualquiera... pero para mí, debajo de la sangre, siguen estando profundamente sucias. La mancha original sigue ahí, intacta, burlándose de mis esfuerzos.
Sin embargo, ya no lloro. El dolor físico ha anestesiado el miedo, dando paso a una claridad absoluta. No tendré que preocuparme por el dolor de mis heridas por mucho tiempo más.

Hoy encontré la solución definitiva. Estaba en el garaje, arrumbada en la esquina más oscura, debajo de unas herramientas oxidadas. Es una lata de metal vieja, pesada. El líquido que contiene apesta a química pura, a muerte, a petróleo, más fuerte que cualquier desinfectante o ácido que haya probado antes. Pero estoy completamente seguro de que esto funcionará. El médico se equivocaba; la cura no estaba en las pastillas, estaba en el garaje.

El proceso es simple, casi hermoso en su brutalidad. Todo lo que tengo que hacer ahora es caminar hacia el centro del garaje, sumergir mis manos desolladas en el líquido espeso hasta que se empapen bien, hasta que penetre en cada una de mis heridas abiertas... y luego, con los dientes, sacar un fósforo de la caja y golpearlo contra la lija.

Un solo destello. Una fracción de segundo de un calor purificador. Y entonces, inspector, le prometo que no tendré que preocuparme de que mis manos vuelvan a estar sucias nunca más.

EN LA OSCURIDAD Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora