Tener que morir de aburrimiento no es una opción para Hailee.
Está rodeada de paredes blancas con un suero en su mano derecha sin nada que hacer.
Hay una ventana al lado izquierdo que da en dirección a las afueras del hospital, pero un gran edificio tapa la vista. Al lado derecho se encuentra otra camilla pero está vacía.
No soporta estar un segundo más acostada así que decide visitar a Wendy, una niña de apenas 4 años que ha estado visitando desde que la internaron aquí.
Se levanta decidida a verla a su habitación cuándo de pronto escucha unas voces y rápidamente se vuelve a la camilla y se acuesta en ella.
—Esta será la habitación de su hijo, señora Hecox —el doctor Robinson, el que la ha atendido todo este tiempo, entra acompañado de una mujer rubia, delgada y alta.
—Pero yo ordené que mi hijo estuviera en una habitación sólo para él —aquella mujer tiene una voz bastante aguda.
—Lo siento, no hay más camillas disponibles.
—Y qué, ¿acaso no pueden remover a algunos enfermos para qué mi hijo esté solo? —la voz de la señora es tan irritante como para tener ganas de aventarla por la ventana.
—Me temo que no se puede hacer eso.
—Y esa chica ¿de qué esta enferma? —la señora mira indiferente a Hailee lo que hace que ella se moleste y pone los ojos en blanco.
—Sufre de druncorexia —explica el doctor Robinson.
—¿¡Es contagiosa!?
—¡Si señora! ¡soy altamente contagiosa! —exclama Hailee y la mujer la mira con cara de horror.
—¡No permitiré que mi hijo comparta habitación con una chica insolente y mucho menos con alguien que es contagiosa! —grita asustada y sale corriendo de ahí.
El doctor suspira y se lleva la mano a la nuca.
—No debiste hacer eso, Hailee —la reprime el doctor.
—¿Acaso es ingenua? ¡es obvio que la druncorexia no es contagiosa! además, esa señora me pone nerviosa con esa voz muy irritante que tiene.
El doctor Robinson ríe y se va.
Ella menea la cabeza, se levanta tomando el atril para suero y sale al pasillo para dirigirse a la habitación de Wendy.
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—Hola —la saluda al entrar.
—¡Hai! —exclama la niña pelirroja con pecas en sus mejillas y le extiende sus pequeños brazos.
—¿Qué tal pequeña? —la abraza y se sienta en el pie de su camilla.
—Hoy me meterán a un tubo —informa la niña sonriente.
—¿Cómo?
—Sí, a un tubo, me dijeron que quizá pierda mi cabello... —su sonrisa se esfuma—. Pero a cambio quizá me mejore y así podré salir a jugar a la calle como todos los niños lo hacen —y su sonrisa vuelve a aparecer.
—Bien, ¿estás lista? —entra una enfermera acompañada de una mujer igualmente de cabello pelirrojo
—¡Si! —Wendy exclama emocionada—. ¡Adiós, Hai! —se despide, le da un abrazo y se va con la enfermera.
—Este... disculpe —Hailee se dirige a la señora antes de que se vaya.
—¿Si?
—¿Qué enfermedad tiene la pequeña?
—¿Usted la conoce?
—Sí, desde que me internaron aquí la he estado visitando pero aún no sé que es lo que tenga. ¿Es su hija, cierto? —ella asiente y es obvio pues las dos tienen el cabello pelirrojo.
—Leucemia —dice con aire triste—. Hace unos 3 meses se lo detectaron —explica y se va.
Vaya... a penas la conoce desde hace 5 días y siente que ya es como esa parte de su familia que le falta y saber lo que Wendy tiene le destroza el corazón. Sólo desea que se mejore.
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Nuestro destino
RomanceHailee y Michael. Dos adolescentes con problemas muy distintos que los llevan a una adicción. Michael con el cigarrillo. Hailee con el alochol. Un apasionante amor que surge de por medio, y un triste destino que nadie puede cambiar. ❝---Quizá mi de...
