Capitulo 10

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En el fundo El Olivo, a don Céspedes le daban todo el vino que quería, tome nomás don Céspedes que para eso está, le repetía el patrón, pero él era sobrio. A veces un vasito antes de echarse a dormir en la revoltura de sacos, entre los barriles de madera curada por cosechas y cosechas de vino. Era del mismo vino que el patrón le vendía a la Japonesita a precio de costo, por pura amistad y para que la pobre chiquilla hiciera un poco de ganancia, pero a nadie más, ni aunque le rogaran. A veces, muy tarde en la noche, cuando don Céspedes no lograba dormir por uno de los dolores que ya nunca abandonaban alguna región de su cuerpo, calzaba sus ojotas y echándose la manta sobre los hombros cruzaba la viña, pasaba el canal de los Palos por el tronco caído de un sauce, atravesaba el límite de zarzamora y alambrado por boquetes conocidos sólo por él, y llegaba a la casa de la Japonesita donde se instalaba silencioso en una de las mesas cerca de la pared, a tomarse una jarra de vino tinto, del mismo que tenía al alcance de su mano en la llavería.

Octavio lo vio entrar. La Japonesita no quería bailar con él, de modo que mientras esperaba que la Lucy y Pancho terminaran su baile llamó a don Céspedes, que se trasladó a su mesa. Octavio iba a preguntarle algo al viejo, pero no lo hizo porque lo vio quedarse tieso en su silla, mirando fijo a un punto preciso de la oscuridad, como si ese punto contuviera el plano detallado de toda la noche.

—Los perros...

— ¿Qué dice, don Céspedes?

—Que soltaron los perros en la viña.

Se quedaron escuchando.

—No oigo nada.

—Ni yo tampoco.

—Pero andan. Yo los siento. Ahora van correteando hacia el norte, para el potrero de los Largos, donde están las vacas... y ahora... Una bandada de queltegües cruzó por encima del pueblo.

—...y ahora vienen corriendo para acá, para la Estación.

La Japonesita y Octavio trataron de penetrar la noche con su atención, pero no pudieron traspasar la canción estridente para lanzarse al campo y recoger de allí la minucia de los ruidos y el soplo de las distancias. Octavio se sirvió un vaso de vino.

— ¿Y quién soltó los perros?

—Don Alejandro. Es el único que los suelta.

— ¿Y por qué?

—Cuando anda raro... y esta noche andaba raro. Me dijo que se iba a morir, cuando estuvo a conversar conmigo en la llavería esta noche, que un médico le dijo. Cosas raras dijo... que no quedará nada después de él porque todos sus proyectos le fracasaron.

—Futre goloso... ¿Si él, que es millonario, es un fracasado, qué nos deja a nosotros los pobres?

—Apuesto que anda en la viña con ellos.

— ¿Y para qué los suelta si no quedó ni un racimo después de la vendimia y nadie va a estar entrándose?

—Quién sabe. A veces entran a otras cosas.

— ¿A qué?

—Hay que andar con mucho cuidado con los perros. Son mañosos. Pero a mí no me muerden... Qué me van a estar mordiendo a mí cuando ni carne me queda.

Gris al otro lado de la llama de carburo, cerrado como alguien al que ya nada puede sucederle, la Japonesita lo vio envidiable en su inmunidad. Ni los perros lo mordían. Seguro que ni las pulgas de su jergón lo picaban. Alguien dijo una vez que don Céspedes ni comía ya, que las sirvientas de la casa de don Alejo a veces se acordaban de su existencia y lo buscaban por todas partes, por las bodegas y los galpones, y le llevaban un pan o queso o un plato de comida caliente que él aceptaba. Pero después volvían a olvidarse y ya quién sabe con qué se alimentaba el pobre viejo, durmiendo en sus sacos en cualquier parte dentro de las bodegas, perdido entre los arados y las maquinarias y los fardos de paja y trébol, encima de un montón de papas.

El Lugar Sin Límites - José Donoso.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora