Simón se libró de la mano de su madre, a pesar de sus esfuerzos de no soltarlo en ese tramo del camino, y se acercó un poco más a la orilla del acantilado.
—¡Simón! No te acerques más, allí es más que suficiente —gritó su madre tras él.
Simón se quedó maravillado ante lo que se dibujaba en la extensión, más allá de donde su vista podía acariciar. Un manto de nubes cabalgaba desde el mar a kilómetros de allí; las más cercanas eran blancas como la nieve recién caída, mientras que las más lejanas se tornaban tan grises como la ceniza. El temporal parecía derramarse como sangre negra sobre el mar, difuminando la vista y dividiendo el horizonte en dos mundos completamente distintos.
—Vamos —lo apuró tendiéndole la mano—. Todavía tenemos que caminar un rato.
Simón no hizo caso. Se quedó quieto un instante más e imaginó la lluvia y el viento que estaría azotando allí, mientras que en la costa, el sol les encendía la piel, y el viento húmedo y perfumado a salitre jugaba con su cabello como un espíritu encaprichado.
Continuaron el camino por la trocha que bordeaba las arboledas y parte del pequeño páramo de hierba, hasta doblar y tomar las viejas escaleras de piedra que bajaban a la playa. Allí, los escalones no eran más que una sombra de lo que habían sido, recordó Laura. Eran tan antiguos que el tiempo los había vuelto irregulares. Los pedruscos lizos que habían hecho de apoyo en su tiempo no eran más que guijarros perdidos bajo la tierra y la hierba mullida por el paso de algún otro visitante.
—Hijo, con cuidado. Pisa donde yo voy pisando, las piedra están flojas.
—Mira, un camarón, mamá, ¡es enorme!
Laura vio como un pequeño crustáceo extraviado caminaba por el pie de Simón, tan temeroso como su hijo lo veía a él.
—Si ese te parece enorme espera a ver los que habrá en la playa, hijo... y este no es un camarón, estos son cangrejos.
Los pocos turistas que visitaban la playa durante el año no solían tomar aquel camino olvidado, porque era el menos conocido, a excepción de algunos pocos lugareños del pueblo que suben por los caminos los fines de semana para ir a bañarse. Las escaleras de piedra permanecían ocultas a la vista de cualquiera detrás de la arboleda, y solo eran descubiertas por los más curiosos que se atrevían a caminar más allá de donde indicaban los viejos letreros. A Laura era el que más le gustaba. Éste mostraba una paisaje sin igual en todo su recorrido, y en el que desde su altura no solo podía verse el mar y el faro como una réplica en miniatura, sino que también podía apreciarse gran parte de la otra playa al otro lado de los peñones y montañas, siempre y cuando el tiempo estuviera tranquilo y sin nubosidad. El camino a la playa más concurrido se situaba a medio kilómetro más adelante, en el que el descenso era menos exhaustivo y por donde hasta un automóvil pequeño podía descender. Laura recordaba esos caminos como un eco lejano y difuso. Los cantos de los niños... las voces de las señoritas... el sol de verano en pleno... todos rumbo a una excursión en el litoral más hermoso que conocía.
Al bajar el último escalón y poner un pie en la arena fina, Simón se quedó mudo ante el nuevo panorama que se desplegaba a sus pies. Una media luna de arena clara se extendía más allá de la vista, y la marea y las olas la convertían en un perfecto cuarto menguante. Los colores del agua a contra luz, la arena y el cielo eran tan neutros y suaves que daban la apariencia de un boceto a lápiz.
—¿Cuento, cuento? —preguntó su madre.
Simón asintió, enérgico.
—Bien, empieza.

ESTÁS LEYENDO
El Orfanato
Mystery / Thriller''Tras pasar su infancia en un orfanato, Laura se ha convertido en una madre de familia que quiere abrir una residencia para niños discapacitados. Ha elegido un paraje muy especial, ya que sueña con rehabilitar el edificio que la vio crecer. En ese...