Turquesa

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Al llegar al departamento, cierro la puerta y me encuentro con la luz de la sala prendida, mas no hay señales de Dylan; no parece haber escuchado algún CD y ninguna de sus pertenencias está a la vista. Siento una fría brisa chocar contra un costado de mi cuerpo y me doy cuenta de que la ventana se encuentra abierta, sus finas cortinas meciéndose de un lado a otro. Mientras la cierro, oigo agua corriendo en el baño, así que concluyo que es Dylan quien decidió darse una ducha y yo aprovecho el momento a solas para comer algo después de haber estado horas con el estómago vacío.

Dentro del refrigerador no hay nada más que aderezos y una caja de leche, alimentos que no saciarán mi apetito y me recuerdan que debería haber ido al supermercado hoy por la tarde. Con un gruñido molesto, doy media vuelta e indago dentro de la despensa hasta que reparo en un envase de comida china sobre uno de los mesones. Hay una nota escrita y pegada a la caja, la letra de Dylan siendo captada por mis ojos al instante.

Compré esto por la tarde. Creí que llegarías a la hora de la cena.

Son dos oraciones que me causan una emoción de la que no estoy muy seguro si he de sentir. Creo que esperaba leer un 《lo siento》 o un 《te amo》, lo que sea que me haga olvidar la razón por la que salí de este departamento y caminé sin rumbo horas y horas. Es decepción y rabia, en especial rabia por recibir palabras tan cortantes. Aunque quizás él también tiene el derecho a estar molesto, mas no tengo la certeza de si fue honesto conmigo o fui yo el idiota que no quiso escucharlo y prefirió dejarse llevar por las influencias de esa débil confianza que ahora existe entre ambos. Tal vez fui impulsivo, una característica que ni siquiera forma parte de mi personalidad, pero no hallé otra salida, pues mi memoria me gritaba no creer en nada de lo que él decía y es imposible no recordar que sus gestos eran idénticos a los que he visto en otras ocasiones desde que nos conocemos. Nunca ha sido capaz de mirarme a los ojos cuando lo atrapo en un engaño, sin importar si es una mentira piadosa o un tema grave, porque jamás consigue mantener el contacto visual y si lo logra, dura unos segundos y hace el esfuerzo por enfocarse en el piso, paredes u otro lado de mi cara con tal de no toparse con mis pupilas y confesar la verdad a través de las suyas. Supongo que es eso lo que marca la diferencia, la línea entre fiarme de sus justificaciones o convencerme de que no hay forma de confiar en él esta vez.

El solo pensar en ello me causa gracia y río de manera totalmente irónica, como si me burlara de mí mismo y mis desgracias: estoy volviendo al principio, creyendo que la historia ya tenía su punto final. Y entretanto arrugo el pequeño trozo de papel con mi mano derecha, pienso en la posibilidad de haberme equivocado o haber sido engañado. Es probable que nunca haya existido un final, pero tardé demasiado en darme cuenta.

Tiro la bola de papel al tacho de la basura y luego me paso una mano por el rostro, suspirando cansado y resolviendo que lo mejor será comer e irme a dormir. Así que eso hago: caliento la comida en el microondas, aguardo con impaciencia -por ahora, no deseo ver a Dylan- y sin previo aviso, una voz a mis espaldas hace todo un cambio dentro de mis planes.

—Thomas... —dice Dylan con voz ronca, aclarándose la garganta sin éxito, porque su voz se mantiene endeble y áspera— ¿Dónde estabas?

—Caminando —contesto. No quiero voltear, por lo que sigo de frente al todavía encendido microondas y me inclino un poco sobre el mesón, apoyando mis dos manos en él y repiqueteando los dedos en la superficie.

—Te pregunté dónde estabas, no qué hacías.

—¿Y qué importa? —replico indiferente—. Como si tú me dijeras adónde vas cada vez que desapareces.

Luego, silencio. Suspira profundamente y sus pasos resuenan a través de la sala, el piso crujiendo bajo sus pies. El microondas emite un sonido y avisa que la comida está lista, por lo que la sostengo entre mis manos, abro el cajón en donde guardamos los cubiertos para sacar un tenedor y doy media vuelta, encontrándolo sentado en el sofá, cabizbajo. Permanezco quieto, mis ojos moviéndose a través de su cabello húmedo, una que otra gota cayendo de los mechones y mojando su camiseta burdeos. Sus largas pestañas son lo único que alcanzo a divisar de su mirada y tiene los labios presionados entre sí con fuerza, tanto que ese vívido color rosáceo que siempre poseen se convierte en uno pálido que imita el tono de su tez.

Colors ↠ dylmasHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora