Capítulo 2.1

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Cuando, esa tarde, yendo hacia la clase de baile con Eira, le expliqué que Christian me había mandado un mensaje preguntándome si me apetecía cenar con él el viernes, se volvió loca. No, loca es demasiado flojo para describir como se puso.

Comenzó entonces un monologo interno en voz alta cavilando cual podía ser el motivo por el que el chico hubiera decidido invitarme a salir. Para ella no cabía la posibilidad de que fuéramos a salir como simples amigos, para ella siempre había algo más.

Yo no podía hacer otra cosa más que reírme. Era increíble lo que la mente de esa chica trabajaba en momentos tan simples como ese. En diez minutos dio tres explicaciones diferentes al porqué de la cita y corroboró que estaba en lo cierto basándose en películas. Nada tenía mucho sentido.

En realidad, no sabía porqué le había explicado a Eira que había quedado con Christian. No solía explicarle muchas cosas hasta que no hubieran pasado y no entendí muy bien el por qué ese día no hice lo mismo.

– Eira, con la emoción te estás olvidando de algo de vital importancia: respirar –bromeé.

– Que graciosa eres. No sé cómo puedes estar tan relajada, ¿y si es este tú chico?

– No lo será.

– ¿Cómo estás tan segura? Ah, deberás pintarte y arreglarte. ¿A qué hora habéis quedado? Iré a tu casa a arreglarte, porque tú eres un desastre, admítelo.

– Puede que sea un desastre –"en realidad, no lo soy para nada", pensé–, pero no vas a venir a arreglarme. Te quedarás en casa.

– Aguafiestas.

Le hice un gesto con la mano indicándole que no era algo nuevo y que me daba igual ser una aguafiestas y entré a la academia de baile. Fui a mi taquilla de siempre mientras Eira, como de costumbre, saludaba a todas las chicas y se preguntaban qué tal estaban. Cuando cambié mis tejanos y mi sudadera por unas mallas negras y una camiseta holgada, me reuní con ellas y empezamos la clase.

Los restantes tres días hasta la llegada del viernes fueron normales, como cualesquiera otros de mi vida. El miércoles tuvimos tan solo tres horas de clase, pues el profesor tenía gripe. Por mi genial, fui a casa y continué leyendo el libro que había empezado. Con aquel libro me di cuenta que las historias que conllevaran algo como ángeles caídos, ángeles y arcángeles me encantaban. Acabé el libro el jueves, antes de entrar a mi clase de inglés.

El viernes empezó bastante mal. Solo tenía dos horas de clase, pero el profesor seguía sin venir. Eso hubiera sido bueno si no hubiera sido porque el profesor no había avisado de que no venía. Me había levantado a las siete y no avisaron de que nos fuéramos pasados treinta minutos del comienzo de la clase. Al llegar a casa, mi madre, María, me había dejado una lista de tareas tan larga que podía tratarse de un manuscrito de la edad media. Olvidé mis deseos de comenzar el segundo libro de esa bonita saga que había comenzado mientras escuchaba un poco de música y me dispuse a hacer las tareas.

Barrer toda la casa, sacar los platos del lavavajillas, recoger el comedor y hacer la comida. Fregar los suelos, llenar el lavavajillas y recoger mi habitación.

Era bastante agotador y lo peor de todo es que la casa no era precisamente pequeña. Constaba de tres pisos: en el primero se encontraba el comedor, la cocina y un cuarto de baño; en el segundo piso habían tres habitaciones: una para mis padres (con aseo propio y vestidor), uno para mi hermano y otro para un invitado; el tercer piso comenzó siendo el desván, pero poco a poco me adueñé de él hasta que mi madre decidió que se convirtiera en mi habitación cuando cumplí los doce. El tejado era a dos aguas, así mi techo hacía esa forma y habían lugares en los que necesitaba incluso agacharme para caber. Heredé los sofás antiguos del comedor, que estaban puestos justo delante del televisor y al lado de una ventana con un banco dónde solía sentarme mientras escuchaba música (y, en esa semana, solía leer ahí), en el otro lado de la habitación se encontraba mi cama de matrimonio, justo debajo de un tragaluz que, en las noches de verano, me mostraba las pocas estrellas que la ciudad permitía que se vieran. Justo detrás, la pared estaba forrada con una librería llena de libros que aún no había leído. Todo estaba decorado con colores blancos y madera clara, al estilo clásico que tanto me gustaba.

NoqueadaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora