Una hora después me encontraba en la entrada de mi clase de política y sociedad. Odiaba aquella clase como en su época odié economía y, para evitar dormirme, me sentaba en las mesas más próximas al profesor. No necesitaba mucho estar atenta porque la verdad es que aquella clase era, además de aburrida, fácil, pero hacía ver que tomaba apuntes y luego el profesor me regalaba algún que otro punto en los exámenes. No solía ir detrás de los profesores, pero se me daba bien convertir mi poco interés en algo bueno para mi. Hacía preguntas que poco tenían que ver con el tema que estuviéramos dando a sabiendas que eran de esos temas en los que el profesor no podía no pararse para hablar y así se convertía en una clase más interesante. Con algunos de esos temas podía llegar a ponerse muy histérico.
Las otras tres horas fueron clases "prácticas", en las que nos daban el caso de algún niño perdido en la vida y teníamos que buscar cómo encarrilar su horrible vida o, al menos, esa horrible vida que le esperaba en un futuro. Esas pasaron rápidas. Se hacía en grupos y yo, como no, estaba con mis amigos. Entre risa y risa lográbamos hacer algo provechoso para la clase.
Cuando llegué a casa me encontré con que ese día mi padre había acabado antes de trabajar, así que me tocaba comer con él. Mi relación con mi padre era bastante... horrible. Él se solía empeñar en hacer de mi "una mujer de provecho", así que me asignaba tareas propias de las mujeres. En su defensa solo puedo decir que él se crío entre hombres machistas y mujeres obedientes, aunque eso tampoco le exime de mucha culpa. Yo, por mi parte, cada vez que él me mandaba hacer algo, era cuando menos lo hacía. No me gustaba (ni me gusta) que alguien, excepto mi jefe o profesores, me diga qué he de hacer, de qué manera y cuando. Además, me gusta que las tareas de casa se hagan entre todos.
Cuando era pequeña no era así. Cuando era pequeña él siempre me llevaba consigo a cualquier lugar al que fuera: al campo de fútbol dónde él jugaba, a ver cualquier cosa que supiera que me hacía ilusión... y siempre era atento, siempre miraba por mi. No sé en qué momento eso cambio, pero tampoco le doy muchas vueltas. He aprendido a no saber mucho de él, igual que él no sabe nada de mi.
Cuando entré en mi cuarto no me sorprendió nada ver que él no había entrado, lo que suponía que tenía que hacer mi cama y recoger mi cuarto. Comimos en el más incómodo de los silencios y pronto volví a mi habitación, me puse música y cogí un libro que me habían regalado hacía poco. No solía gustarme leer, así que me sorprendí cuando, la siguiente vez a la que miré el reloj, éste marcaba las 17:30, lo que me supuso tener que dejar mi intriga para después y salir pitando a la academia de inglés, que empezaba en media hora.
Al salir de la academia me encontré con Eira, que había venido a buscarme para ir a cenar juntas. Acepté, lógicamente, y no fuimos a un restaurante nuevo que habían abierto en el puerto.
Aquel sitio era enorme, decorado con un aire moderno. Las mesas eran redondas y cubiertas por manteles blancos que llegaban hasta el suelo y habían dos rosas rojas como centro de todas las mesas y aquellas que se encontraban en la pared del lado izquierdo contaban con sofás, en vez de sillas, para sus comensales. En el lado derecho de la entrada, y siguiendo toda la pared hasta el fondo del local, había una barra, dónde los camareros preparaban las bebidas que los clientes pedían.
– Una mesa a nombre de Eira –le dijo al camarero.
– Bien –contestó éste–, síganme.
Nos señaló nuestra mesa, una de esas con sofás, e indicó que en unos momentos un camarero nos traería el menú.
– ¿Habías pedido mesa? –pregunté a Eira.
– Sí, claro, sino no podíamos cenar.
– ¿Y si llego a decir que no?
– Sabía que no dirías que no.
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Noqueada
RomanceEse día habíamos quedado todas después de clase. Nos habíamos separado para ir a casa a comer y para que algunas se cambiaran de ropa, así como solían hacer normalmente. Yo no solía hacer eso, en esa época la ropa y el maquillaje eran unos grandes d...