HANNAH
—¡Sí, papi! Estoy tan emocionada —chillé sonriente por el teléfono, mientras miraba hacia el espejo. Vi el leve reflejo de mi labial en mi diente superior, me incliné y lo limpié con el ceño fruncido hasta que volvió a ser completamente blanco.
—¿Estás segura que querías ir ahí? Sabes que está muy lejos de casa —respondió mi padre, al otro lado de la línea, su voz sonaba tan preocupada cómo cuando por primera vez fue a la escuela.
—¿Recuerdas cuando te dije que quería para mi cumpleaños un atuendo de Lagerfeld pero un día antes quería el vestido negro de Svetlana Tegin? ¿Recuerdas lo mal que estaba? —le pregunté, dulcemente, mientras esparcía crema sobre mis piernas.
Mi padre rió en la otra línea, no era la risa que guardaba para sus socios o para alguna entrevista graciosa. Era una risa real, sincera, que salía de su corazón y sólo me la regalaba a mí.
—Claro que sí, cómo olvidarlo —dijo
—Pero luego escogí a Lagerfeld y estaba espectacular, y de eso se basa todo —expliqué, poniéndome de pie y sacando de mi armario el perchero negro de lentejuelas con el uniforme— En decisiones que sabes que son complicadas pero te hacen feliz.
—Wow, Hannah —reflexionó mi padre, en la otra línea— Jamás pensé que dirías algo así, me tienes impresionado. Te amo, nena, que tengas un excelente día. ¿Cenamos el sábado?
—¡Sí, sí! Papi, te amo —lancé un gran beso a mi celular y terminé la llamada. Lanzando mi celular a la enorme cama llena de peluches perfumados y cojines con bordados brillantes. Tomé en lo alto el perchero y suspiré hondo—Aquí vamos...
Me había despertado muy temprano para hacerme la rutina diaria de cremas hidratantes y mascarillas para los puntos negros del estrés. Había retocado mis hondas rubias y las había fijado, con una bonita tiara plateada que realzaba mi rostro.
Había aplicado el maquillaje perfecto y el perfume estratégico. Pero aún faltaba mirar el horrible uniforme, que tenía que arreglar en exactamente cuarenta y cinco minutos.
Consistía en una camisa blanca con cuello desplegado, en donde se podía ver el escudo de la universidad. En el jersey rojo también se veía el escudo, y su diseño hacia resaltar la cintura. Sonreí, punto a favor.
La falda iba hasta un poco más abajo del muslo y era en tubo, muy adecuada para invierno y para una chica con un trasero de Kim Kardashian. Medias blancas hasta empezar la rodilla y zapatos libres.
Corrí hacia el armario para sacar mis tacones Jimmy Choo de punta afilada y estilo delicado negros, un par de moños pequeños color rojo para agregarle a cada lado de las medias y unos pendientes pequeños y brillantes. Me miré al espejo, satisfecha.
En cuanto miré mis ojos, me detuve en seco, y no era porque una pestaña estaba en la dirección errónea o porque mi delineado estaba demasiado grueso. Era porque tenían un brillo especial, un brillo que había comenzado la noche anterior.
En mis años de vida, había sido víctima de muchas miradas masculinas, miradas morbosas o de admiración, todas con el mismo fin: soy la protagonista de sus sueños húmedos. Pero nunca jamás un chico me había mirado de la forma en que ese chico me había visto anoche. Era guapo, muy guapo, con ojos brillantes y azules, muy, muy azules. Pero cuando me miró, simplemente lo hizo cómo si yo fuese la chica más guapa que había visto, y ya, no había alguna intención de por medio. Era tan fácil que era complejo.
–Hola—cerré los ojos cuando su voz gruesa y tierna se deslizaba por mi piel, recordándome la noche anterior.
Abrí los ojos y lo vi justo tras de mí, por el espejo. Tenía el mismo abrigo de cuero barato y barba de unos días, labios finos y rosas por el frío y una mandíbula de escultor. Ojos azules y cejas gruesas.
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[PAUSADA] Outcast
Teen FictionUna historia juvenil en donde un grupo de adolescentes aparentemente diferentes entre si se dan cuenta que tienen muchas cosas en común. Envueltos en un ambiente de superioridad en donde lo único importante es el poder y el materialismo tendrán que...
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