*El último sueño

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«Has sido tocado por el sol, mi niño. Grandes cosas te aguardan».

Una vez más las palabras de tía Eraide resonaron en su cabeza y esta vez tenían cierto tono doloroso de burla mordaz. Mael esbozó una mueca y, de haber tenido fuerzas, habría soltado una carcajada. Tocado por el sol... Era irónico.

El sol brillaba en lo alto del cielo sin una mísera nube que cubriera su cegadora luz y descargaba con rabia toda su fuerza contra el chiquillo semiconsciente y casi desnudo que yacía estirado en el medio de aquel patio. No había porches ni paredes cercanas que pudieran hacerle sombra. Solo el sol sobre su cabeza, levantando la piel de su cuerpo ya cubierta de ampollas.

«Tocado por el sol...»

La cadena se agarraba en una argolla en el centro y se cerraba alrededor de su cuello en un collar disciplinario como los que se usaban para amaestrar animales. Estaba bloqueado para que no pudiera abrirse demasiado y la presa siempre era estrecha. Muy estrecha. Tan estrecha que tragar saliva ya era doloroso.

Tenía sed.

Mael entreabrió los ojos y giró la cabeza. La jarra estaba allí, tan cerca y a la vez tan lejos. En el interior de aquella vasija de barro oscuro le aguardaba agua, agua fresca. Solo tenía que estirarse y cogerla. Solo alargar el brazo unas pulgadas, solo un poco más.

Pero no se movió, sabía que en cuanto tensara un poco la cadena su collar se cerraría y se asfixiaría. Podía escoger si morir de sed o morir estrangulado por sus propias manos. Quiso llorar al imaginarse el líquido mojando sus labios cortados y refrescando su garganta. Agua... Ninguna lágrima brotó de sus ojos, claro que no, no le quedaban. Alzó sus brazos y se cubrió el rostro. El aire caliente hinchaba su pecho y dolía, dolía mucho.

—¿Sabes, muchachito? Todo sería mucho más fácil si colaboraras.

No tenía que verle para saber quién era el que estaba allí, el tipo que le había comprado en esa horrible subasta. El tipo al que ahora debía llamar domine. Pero no lo haría, no. Él estaba destinado a grandes cosas. Su tía se lo había dicho y ella nunca se equivocaba. Era una mujer sabia y no podía equivocarse, ¿verdad?

—Sé que tienes sed. Es imposible que no la tengas —continuó el romano, apropiadamente cubierto con una sombrilla—. Sabes que si la quieres, puedes tenerla, ¿verdad? Solo tienes que pedirla.

Pensó en negarse, en soltar algún taco y negarse, cómo no... pero tenía tanta sed.

—A... Ag-gua —balbuceó sin fuerzas.

—Sabes que esa no es la forma correcta de pedir las cosas —le recordó con un tono cantarín—. Ya hemos practicado esto muchas veces, seguro que si te esfuerzas te saldrá. ¿Cómo tienes que pedirla?

Mael apretó los dientes y se giró para no verle. No lo diría. No tenía tanta sed.

—Es una pena —suspiró su interlocutor—. Volveré más tarde a ver si entonces has descubierto cómo pedir el agua correctamente.

¿Cuáles eran los nombres de las estrellas? Era de día, el sol se lo recordaba sin sombra de duda. ¿Cuáles eran los nombres? No pensar, recordar, recordar cada nombre, así no sentiría el dolor ni la sed, así no importaría nada. ¿Cómo se llamaban las estrellas?

—Ira, Essu... —murmuró en un hilo de voz—. Esura, Eone, Babd... —¿Cuántas llevaba ya?

No podía más. La sed dolía, la piel dolía, la mente dolía, los recuerdos dolían, hasta respirar era doloroso. ¿Iba a morir? ¿Ese iba a ser su brillante destino? ¿Morir en el patio de un romano incapaz de suplicar por una gota de agua?

El Caminante [Barreras de Sal y Sangre -II]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora