Marcus se giró en su catre una vez más, y con esa llevaba unas mil desde que intentaba dormir. Esa era la palabra, intentar, porque el sueño no había hecho su aparición. Hubo un momento, unas horas atrás, en que casi le pareció sentir la presencia del letargo adormeciendo sus músculos, pero algo se movió en su cabeza, los pensamientos viraron de nuevo a lo acontecido esa noche y se encontró de nuevo tan despierto como tras una sesión en el frigidarium.
Estaba furioso, sí. Pero también estaba confundido y preocupado, incluso había una parte de él que se sentía culpable. Sí, culpable por haber golpeado a un esclavo que se lo merecía cuando, después de todo, era culpa suya. Culpa suya por no haber marcado las distancias, por no haber sabido imponer respeto. La reacción de Mael había sido su propio fracaso como domine. Si algo le habían enseñado desde siempre era que el respeto se ganaba con una vida y se perdía con un instante.
—¿Legado? —dijo una voz amortiguada desde la entrada de la tienda—. Te lo he dicho, está durmiendo— cuchicheó a alguien.
—Se supone que tenemos que despertarle— replicó otra voz.
—Aún no ha salido el sol, no pienso despertar al legado. El muerto seguirá muerto dentro de unas horas.
—¿Muerto? —preguntó Marcus alzando la cabeza. ¿Quién había muerto?
—Oh... disculpe que le importune a estas horas, legado Cota —empezó el legionario asomando la cabeza por la tela que cubría la entrada de la tienda.
—¿Quién ha muerto? —preguntó de nuevo.
—No... no lo sabemos aún. Pero lleva un uniforme del ejército. Parece uno de nuestros hombres.
—Ahora voy —respondió con una voz alta y seca que hizo que ambos regulares se cuadraran en seguida y dejaran la conversación.
Marcus se levantó. Se calzó las cáligas en un par de segundos con una destreza adquirida por la práctica. La ropa que tenía más a mano era la toga de la noche anterior pero estaba mojada, era complicada de poner y no era apropiada para el campamento así que la descartó por completo. No tardó en localizar una túnica corta pero con eso no tenía ni para empezar. En su día a día, necesitaba varias capas de ropa y refuerzos para que el metal de la armadura no le destrozara la piel. Mael era el responsable de buscar su ropa y prepararla, pero el galo no estaba.
Una punzada de tristeza le atacó durante un segundo. Solo un segundo. Frunció el ceño y sacudió la cabeza como si así consiguiera sacudirse la imagen del esclavo. Cogió la loriga, se la colocó de cualquier forma y salió por la puerta con el cinturón en la mano.
—Explíqueme qué ha sucedido —pidió mientras caminaba por el suelo enfangado del castrum y se apretaba las correas de su armadura.
El sol apenas había empezado a salir y seguía lloviendo, aunque no con la intensidad de la noche anterior. Todo estaba cubierto por una fina capa de neblina gris, un manto de bruma que impregnaba todo envolviéndolo todo con su tacto frío.
—No hay mucho que explicar, legado —dijo el soldado—. Un esclavo encontró el cuerpo en el bosque. Llevaba la lorica segmentata así que suponemos que estaba de guardia en el momento en que murió. Tiene el rostro completamente destrozado —murmuró para sí—. Quien haya podido hacer eso no era humano.
—Quizá fuera una bestia —aventuró el otro legionario—. Se fue a mear y le pilló con la guardia baja. No... no pretendía hacer un chiste, señor —se disculpó entre titubeos.
Marcus no contestó, atravesó el campamento con paso firme y rápido, pero no demasiado apresurado. Las prisas conllevaban múltiples interpretaciones, y ninguna tenía que ver con control. No tardó más de un par de minutos en recorrer el camino que le separaba del círculo de hombres que esperaba cerca de la entrada. Al verle llegar, rompieron la formación abriendo una entrada. En el suelo, había lo que parecía un cuerpo cubierto por un lienzo empapado.
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El Caminante [Barreras de Sal y Sangre -II]
FantasíaHa pasado un año desde aquella tormenta. Un año desde que los dioses bajaran a la tierra, mataran a todos y destruyeran su mundo. Un año desde que las leyendas de la infancia cobraran vida y le recordaran que había algo antes de Roma. El pasa...